La primera mano que sostuvo la mía

La primera mano que sostuvo la mía. Maggie O’Farrell. Trad. Concha Cardeñoso. Barcelona: Libros del Asteroide, 2018

Lo que te hace grande

Aseguran que en las terapias psicológicas, en las sesiones de trabajo con los monstruos, fantasmas, venenos y desfiguraciones mentales de cada uno y de cada una se destapan, fundamentalmente, los recuerdos y que, precisamente, aquello que cargamos en nuestra memoria desde el primer día en que comenzamos a hacerlo (¿dos? ¿tres años?) nunca o casi nunca es real al cien por cien. Una se pregunta cómo es posible esa paradoja: que no seamos responsables de lo que nosotros mismos hemos «decidido» recordar para conformar el adulto que al fin y al cabo somos.

Que maduremos sobre la base de un recuerdo falso; que nos hagamos grandes con pura imaginación.

Los personajes de La primera mano que sostuvo la mía navegan por la memoria y la desmemoria a lo largo de todo el relato y, entre otros pero no exclusivamente, tratan el tema de la maternidad. Al igual que sucedía en Hamnet que venía a contar los trasfondos y bambalinas de la construcción de la obra más famosa de Shakespeare puliendo por el camino otras muchas temáticas (aunque no lo parezca, mucho más interesantes) aquí hay madres y hay padres, hay hijos y hay mucho de todo eso pero sobre todo hay una novela escrita para ser reconstruida como un rompecabezas, que cuando alcanza la última línea estalla en el pecho del lector y lo llena de una emoción difícil de controlar.

Si acostumbran a leer en espacios públicos que no les sorprenda un ataque de llanto, avisados están.

Dos historias: una ambientada en la década de los años cincuenta y la otra en un entorno contemporáneo ocupan como lo harían dos tonos de pintura, dos espacios separados de la paleta de Maggie O’Farrell y, poco a poco, a medida que el lector entra en cada una de sus acciones se va mezclando hasta confundirse en un único color ─ya lo verán─ que es azul y es blanco igual que la cubierta en la edición de Libros del Asteroide, en absoluto casual.

«Y cuando ya estaba convencida de que su vida sería así para siempre, que ella era así definitiva e inmutablemente, algo cambió, como sucede siempre».

[pág. 228]

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