El Club de los Canallas

El Club de los Canallas. Jonathan Coe. Trad. Javier Lacruz. Barcelona: Anagrama, 2002

Historias que no terminan

“─Pero es que las historias nunca se acaban de verdad, ¿no? Lo único que se puede hacer es escoger un momento para terminarlas, entre los muchos que hay. ¡Y tú has elegido uno precioso!”

Imagino que cualquier asunto importante que pudiera sucederle a un adolescente inglés de la década de los 70 habría de estar por fuerza relacionado con la música, el sexo, las drogas o la literatura.

Muy probablemente cualquier cosa importante en la vida de cualquier adolescente de cualquier época se relacione con esos temas pero ¿y qué hay de una buena novela que nos lo cuente?.

El Club de los Canallas recrea ambientes de pubs, de vestuarios de gimnasios de colegios privados, de representaciones teatrales en esos mismos colegios, habla de fancines y de sus entusiastas creadores, de las paradas de autobús en donde se encuentran y de los comedores de las casas unifamiliares en donde no se habla de nada de lo que realmente sucede en ese Birmingham de los 70; narra las vivencias con la música, el sexo, las drogas y la literatura de un grupo de amigos desde la perspectiva de dos descendientes en el Berlín de 2003 y, sobre todo, describe a la perfección el absoluto desconocimiento del mundo y de las personas que se tiene cuando se es adolescente, aunque se esté rodeado de amigos y a pesar de los terribles accidentes que puedan tener lugar muy cerca.

En el caso de Benjamin, Lois y Paul, los tres hermanos con los que arranca la historia y que no son, necesariamente, principales personajes en en ella, van a ser acontecimientos trágicos y traumáticos los que golpeen sus vidas pero eso no impedirá que al cerrarse la novela, un intenso monólogo de casi veinte páginas dé cuenta de la candidez y el optimismo que se se acaba imponiendo.

Jonathan Coe (Birmingham, 1961) escribe mucho y gusta a muchos lectores que recomiendan sus libros con pasión y osadía. Algunos caemos víctimas de ese tipo de recomendaciones y lo abandonamos en el primer intento para retomarlo después, en un momento más oportuno, entonces lo devoramos hasta el final en 72 horas y nos quedamos con ganas de seguir en la siguientes entrega de la historia (El Círculo Cerrado, 2004) con vigor e intensidad, igual que un adolescente.

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