Nuestra parte de noche

Nuestra parte de noche. Mariana Enríquez, Barcelona: Anagrama, 2019

Desaparecidos

Cuelga de la pared del museo Fabre de Montpellier. “L’Ange déchu” de Alexandre Cabanel es un cuadro que emana dolor y belleza por los ojos y la piel del personaje que representa, Lucifer, “el derrotado”. Las alas de plumas en tonos verdes y azules sirven de lecho en el que se apoya el cuerpo del “caído”, el ángel rebelado contra Dios.

Es sólo la cubierta del libro (Premio Herralde 2019) pero no es sólo la cubierta del libro. Los ojos de ese ángel ofendido y vencido, enfrentado a los mandatos de Dios, ilustran el envoltorio de una novela en la que un padre asediado por una comunidad religiosa, líderes poderosos que practican rituales de violencia extrema, protege a su hijo de un don que él tiene y que no sabe si el pequeño también ha heredado. Nuestra parte de noche arranca así, en un viaje desde Buenos Aires provincia hasta Misiones, una huida hacia adelante y hacia el norte, hacia un encuentro que es reencuentro con lo más terrible e intrínsecamente ligado a ese padre: el poder de “abrir” y poner en contacto a esa comunidad de brujos con la Oscuridad.

Si una viaja a Buenos Aires y se queda allá por un mes, es probable que le digan que se mueva, que conozca otros destinos, que Argentina es muy lindo y muy grande para ver, que hay que conocer también Salta capital y de ahí por ejemplo hacer Jujuy: Punmamarca, Humahuaca, Iruya… que por qué no también Corrientes, Posadas, Rosario o Santa Fe, que una no debe perderse las cataratas de Iguazú y recorrer Misiones aunque los mosquitos allá sean como gallinas y una tenga una alergia atroz a las picaduras. Leyendo Nuestra parte de noche también se viaja un poco por Argentina y bastante por su historia reciente hasta que la ansiedad nos agarra el cuello, como en un sueño, como en una pesadilla que no alcanza un final, como en un cuadrito de Cándido López que retrata un campo de batalla que ya pasó.

Ambientada durante el llamado “Proceso”, la dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983, la novela se mueve entre comparaciones atroces de ese régimen político del terror y el poder aniquilador de la magia negra sobre sus seguidores. Las víctimas de esos rituales practicados por líderes intocables, ricos y poderosos, son brutalmente mutiladas hasta que no se les reconoce o se las hace desaparecer y todo, pese al aura fantástica y sobrenatural, suena muy reconocible, demasiado.

La mano izquierda de la oscuridad, la magia negra, la cara más peligrosa y agresiva de dominación del ser humano a través de su mente contra el amor, que puede ser de muchos tipos pero, sobre todo, el de un padre por su hijo. De eso, quizás sobre todo de eso trate Nuestra parte de noche, de la luz y de la noche que lo traga todo y lo hace desaparecer.

 

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