Instrucciones para una ola de calor

Instrucciones para una ola de calor. Maggie O’Farrell, trad. Sonia Tapia. Barcelona: Salamandra, 2013

Transparente

Tres hermanos y sus padres durante el sofocante verano inglés de 1976. En un entorno endurecido por la presión del clima, donde los suelos de alquitrán, sin embargo, se reblandecen y las ideas se confunden persiguiendo un vaso de agua restringida que pueda aliviarlas es en donde se ubica el argumento de Instrucciones para una ola de calor. Despacio, pero con decisión, sus protagonistas avanzan hacia el mar (de nuevo, ese mar de O’Farrell que se impone al final de las historias para partirlas en dos) y desenredan sus relaciones, descubren alguno de sus secretos, enfrentan sus problemas y expresan sus sentimientos con la dificultad propia del seno de una familia que es como lo son todas, única, diferente pero exactamente igual que todas.

De poco servirá matizar a estas alturas de mi trayectoria lectora que las novelas de Maggie O’Farrell (Irlanda del Norte, 1972) me gustan. Este blog es muestra y testimonio: desde julio de este 2021 la leo sin parar, la anoto y casi la respiro. Instrucciones para una ola de calor llegó regalada en el mes de septiembre, cuando el calor ya se había ido, pero sigue siendo un buen manual de instrucciones para la vida, para el conocimiento de una misma, para casi todo.

Quien ya conozca otros textos de la autora va a sentirse cómodo, de nuevo, entre los mullidos cojines de esta red de pensamientos que estructura la novela; no todo se cuenta en ella pero el lector tampoco lo necesita. Uno de los recursos literarios que encuentro más fascinantes de Maggie O’Farrell es esa facilidad para traer al lector hacia el interior de sus libros, tenderle una mano y arrastrarlo hacia ellos como hacía el chico del cómic en el videoclip de a-ha que todos recordamos con bochorno ochentero, igual: dos páginas y estamos dentro.

Una vez aquí es cuando podemos recolocar la información, combinar lo nuevo con lo nuestro y amueblar esa historia de emociones, de personas que se quieren silenciosas o disfrazadas de odio, que entienden sus situaciones y se ayudan a lidiar con ellas porque de eso están hechas las familias, de pedazos de un material transparente a través del cual todos sus miembros son capaces de ver y de comunicarse, aunque a veces no se digan nada.

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