Elijo a Elena

Elijo a Elena. Lucia Osborne-Crowley, trad. Victoria Malet. Barcelona: Alpha Decay, 2020

El dolor de las demás

“La culpa es la sensación de haber hecho algo malo; la vergüenza es la sensación de que eres mala. La culpa es una construcción interna, basada en el conocimiento de uno mismo y el reconocimiento de que nuestro comportamiento se ha desviado de ese ser; la vergüenza, en cambio, la recibimos de otros. La vergüenza es inorgánica.

La culpa dice: me he equivocado.

La vergüenza dice: soy una equivocación”.

Este no va a ser un texto agradable, ni complaciente y puede que tampoco anime a la lectura del libro que pretendo reseñar porque en mí ha causado dolor, rabia y mucha (demasiada) empatía con su autora y también narradora.

Ella expone su situación y da detalles de lo sucedido que no es agradable ni complaciente y que, por momentos, resulta muy difícil de leer pero, consciente de la necesidad de hacerlo, lo hace. Le salió una suerte de novela, un textito de denuncia y de recuerdo dañado que sirve para alarmar y entristecer y que a mí me ha hecho reflexionar.

Sin embargo reconozco que al leerlo no he pensado en ella, en Lucia, esa niña gimnasta de quien abusaron sexualmente durante años y a quien una violación en la adolescencia la dejó herida para el resto de su vida, víctima de enfermedades crónicas y trastornos sin cura. No, su historia me ha hecho pensar en las mujeres de mi vida, en las niñas que he conocido y que han confiado en mí para contarme sus experiencias, mujeres, hoy, que vivieron algún tipo de abuso o agresión sexual. Cinco. Cinco casos. Cinco amigas con cinco relatos terribles y pienso que yo, que no tengo un trabajo que me ponga en contacto con grupos en riesgo de exclusión social, que pertenezco a una clase cómoda y media, sin apuros, yo, simplemente yo que no soy nadie conozco nada menos que cinco casos de cinco mujeres que sufrieron ese tipo de ataques y es una barbaridad.

¿Qué demonios está pasando?

Elijo a Elena actúa como vehículo de desahogo documentado del injusto trato que dieron a Lucia Osborne-Crowley, su autora, cuando silenció la agresión sufrida y a cambio arrastró una vida de dolores, endometriosis, enfermedad de Crohn, depresión, anorexia… ella eligió no contar la verdad de lo que le había sucedido y los médicos consideraron que exageraba. Diagnosticaron trastornos psicológicos donde había desgarros físicos reales y hasta que apareció alguien que le demostró empatía no pudo contar la verdad.

Lucia la cuenta y es escalofriante, tanto como los recuerdos superventas de James Rhodes o la ficción magistral de Hanya Yanagihara A Little Life (que por cierto, la autora cita en un par de ocasiones) pero puede que de todo su relato lo que más me haya impactado haya sido la indefensión ante los y las médicos, la predisposición que había por parte de ellos y de ellas de tomar su caso como el de una mujer “psicológicamente alterada” más.

En el siglo XXI, no en una novela de Charlotte Perkins-Gilman ni Kate Chopin sino en la sociedad australiana de la primera década de los años 2000.

Lucia eligió a Elena y no voy a desvelar aquí por qué, hay que leerla para entender a lo que se refiere.

Yo las elijo a todas.

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