A Perfectly Good Family

A Perfectly Good Family. Lioner Shriver. Londres: Harper Collins, 2015

Ropa vieja y croquetas

Hubo un par de días a lo largo de la lectura de Tenemos que hablar de Kevin que tuve fiebre y hasta deliraba: Todo un viaje de sensaciones. Mezclé personajes del libro con mis propias experiencias como en un mal sueño convenientemente aderezado con sudor, frío, calor y dolores varios en mi cuerpo en lo que se conoce como simple gripe. Pese a todo, la novela  adaptada al cine por Lynne Ramsay me gustó mucho.

El mundo después del cumpleaños me llenó el pulmón de alegría y esperanza; eran situaciones cotidianas pero descritas desde una ficción ácida, malévola e incluso mareante para el lector. Sus juegos narrativos con el espacio y con el tiempo me encantaron y me prometí leer más.

Encontré A Perfect Good Family entre los estantes de Foyles  y me puse a leerlo con la convicción prejuiciosa de que me iba a gustar, por supuesto: urdimbre familiar, viejas rencillas, el problema de las herencias y ese gusto por enfrentar a los ingleses con los americanos que tanto disfruta doña Shriver. Nada podía fallar.

Nada salvo que no lograba entrar en la historia porque ¿es que acaso hay una historia en este libro?

Como si de una cena de Nochebuena en cualquier familia común y no-feliz que se precie se tratara la novela reproduce conversaciones ligadas a situaciones entre tres hermanos que se llevan a matar y se ponen a pan-pedir en cuanto el otro se da la vuelta: la narradora, Corlis, el mayor, Mordecai y el menor, Truman. Ella se deshace en descripciones que son ironía pura sobre lo que cree que fueron los cimientos a partir de los cuales se fundó el matrimonio de sus padres y no entiende nada, claro. La narradora desgrana con señales y pelos varios la personalidad de su papá y su mamá ya fallecidos y también la de sus hermanitos quienes, carroñeros como ella, sobrevuelan la mansión que les ha tocado en herencia. Pero la trama no avanza y allí sólo hay rencores como panes.

Además de una disertación jungiana sobre la metáfora del “yo” dividido en las diferentes partes de una casa que alguna vez también ha compartido Žižek con sus seguidores, en el epílogo la autora aclara que la historia gira en torno a la idea de la herencia, de la aceptación de aquello que se nos lega generación tras generación e incluso de un día para otro: bien sea una casa o los tuppers de comida copiosa como el redondo que sobra para el bocadillo del día siguiente o las croquetas de pollo. Recibimos lo que nuestra familia nos da y le damos forma a nuestra manera para hacer con ello lo que nos plazca:bienes y dineros pero también (y aquí en encanto del libro de Shriver) el carácter y la personalidad de cada uno. Nunca somos originales al cien por cien sino que venimos de lugar conocido como hogar.

Somos nuestra familia.

“I owe my mother for almond eyes and olive skin, my father for a better than scathing attitude toward black people. After my afternoon drives to buy The Raleight Times for the crossword, I’m in debt to strangers for internal combustion, the ballpoint, a three-letter word for ‘lament’. Most of what I use or regard as technically mine is rightfully claimed by centuries of industrious predecessors; purchase is more like renting or theft”

La autora ha explicado en alguna entrevista que su familia dejó de hablarle durante un tiempo tras la publicación en 1996 de la ficticia A Perfect Good Family aunque tampoco hay que ser un lince para adivinar por qué: mejor comerse las croquetas que escribir un libro con ellas, Lionel.

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