Tenemos que hablar de Kevin

Tenemos que hablar de Kevin. Lionel Shriver; trad. Javier Calzada; Barcelona; Anagrama; 2007

I don’t like Mondays (neither Thursdays, Saturdays or Wednesdays)

Sólo se me ocurre una palabra para expresar el sentimiento que me provoca el haber llegado a la última página de esta novela y darme cuenta de que se ha terminado: desconocimiento.

Podría optar por llamarlo “inmadurez” o “falta de preparación”, pero creo que el “desconocimiento” es lo que más y mejor se ajusta a mis emociones. Que me queda mucho por saber de qué va esto de la vida y lo que conllevan aspectos tan comunes como la maternidad o el matrimonio. Leyendo y disfrutando esta novela (tanto como hacía tiempo que no disfrutaba con ninguna, por cierto) me doy cuenta de que estoy muy verde aún para muchas cosas.

Qué difícil que es todo, vaya.

Galardonada con el Orange Prize for Fiction (un premio para mujeres escritoras que se sacaron de la manga los británicos en 1995, como reacción a los siempre masculinos finalistas del Booker… cosas que pasan) en el año 2005, Tenemos que hablar de Kevin se ha convertido en un best seller por méritos propios; no hay más que leerla para comprobarlo. Es estupenda.

Existe una película, estrenada el pasado mes de Enero en USA y dirigida por Lynne Ramsay, con Tilda Swinton y John C. Reilly a la cabeza del reparto que adapta al parecer el muy abundante contenido del libro. Yo no la he visto y reconozco que sólo ahora, al sentarme a escribir estas líneas es cuando tengo noticia de ella. Es por esto que callo, discreta y neutral. Facilito el enlace al tráiler a los más curiosos y reprimo comentario alguno.

Volviendo a la novela, resulta que la disposición epistolar de sus capítulos, que nos mantiene en vilo a los lectores hasta el final, resulta original y equívoca, en absoluto “engañosa” y por el contrario, mucho más honesta y verdadera que cualquier panfletillo moralizante de palo de los que tan a menudo se escriben últimamente, de los que se supone que “ayudan a pensar” a los adolescentes y a los que ya no lo son tanto.

A mí la cabeza me hecha humo después de leer a Shriver. Estoy impresionada y dedicaré los esfuerzos que me queden como librera a recomendarlo, sin descanso.

Hablaría del argumento, de los personajes y muy especialmente de su protagonista y su narradora, que no son otros que hijo y madre, respectivamente. Sin embargo, creo que restaría mérito a la obra: ponerme a sintetizar de qué va esta historia y cuáles son los rasgos que definen a sus actantes me parece irrespetuoso. Igual que irrespetuosas me parecen las líneas que “decoran” la contracubierta de la traducción editada por Anagrama, ya que a mi entender no hablan del contenido real del libro, sino de un motivo que está presente en él como de pasada; a saber: el de la madre que no sabe querer a su hijo.

Cierto es que el asunto tiene cierta relevancia según se avanza en la lectura pero como (casi) siempre pasa con los puntos de vista exclusivos y excluyentes, se narran aquí los recuerdos de una mujer, por ella misma y en forma de cartas. El narrador rebusca en la memoria y transcribe conversaciones y acontecimientos tal cual cree haberlos vivido. Como le sucedía a la segunda Señora de Winter y a Mrs Giddens. Lo de siempre. Existe el motivo de una maternidad mal entendida campando a sus anchas a lo largo del texto, no lo discuto, pero hay otros muchos y atractivos asuntos que también están ahí y que precismanete por el hecho de no ser objetivamente recordados, se convierten en lagunas y enigmas que piden a gritos que alguien los resuelva con su imaginación.

Es el caso de la educación, por ejemplo: la que uno ha recibido y la que transmite a sus descendientes con las modificaciones que se consideran oportunas a cada circunstancia. Difícil asunto debe de ser el educar a un chaval, sobre todo si resulta que no presta atención alguna a lo que le dices porque es sobradamente más inteligente que tú y no le interesas, ni tú ni nadie.

A Kevin no le interesa la vida en general. No le gustan los lunes, ni los martes ni ningún día de la semana. A su madre, de origen armenio y con una visión de los Estados Unidos marcadamente antipatriótica y despectiva, no se le escapa que su retoño haya asimilado sus ideas tanto tanto que, en cierto modo, las consecuencias de esa educación sean el catastrófico desenlace de su relato, pero asumir responsabilidades es terrorífico a veces.

Este libro recuerda demasiado a menudo a una novela de terror, sí. La impotencia y la frustración, el tener que renunciar a algo que nos colma (el trabajo que a uno le gusta) para desarrollarse en algo que no deseamos realmente (la construcción de una familia “feliz”) y para colmo, que un hijo te salga como una especie de Robin Hood algo confundido en su interpretación de lo que viene siendo la justicia en este mundo.

No se cansen nunca de aprender, que tienen toda la vida por delante.

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