La hija de Joyce

La hija de Joyce. Annabel Abbs. Trad. Amelia Pérez de Villar. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017

Papá: quiero ser artista

Lucia Joyce, además de hija de James y Nora, amante de Beckett y Calder, paciente de Jung y compañera de clases de ballet de Zelda Fitzgerald debió de ser una mujer enloquecida, desequilibrada y predestinada desde la cuna a llevar una existencia nada convencional.

Si se olfatean las enciclopedias virtuales de participación colectiva, se encuentran todo tipo de datos y referencias que la dibujan como a una auténtica zumbada del siglo XX (nació en 1907 y murió en 1982) una bailarina excéntrica y estrábica que inspiró a su padre para crear ciertos personajes de su Finnegans Wake y que se llevaba a rabiar con su madre; una paciente críptica para los trabajos de investigación psicoanalítica de Carl Gustav Jung; una pobre desgraciada muerta en la más absoluta locura e incomprendida, muy incomprendida.

Lo malo de todo esto no es que haya sido así y que así lleguen hasta nosotros los hilvanes de su memoria (tejidos y entremezclados con los otros hilos fuertes y robustos de hombres mundialmente recordados por sus logros literarios, artísticos y médicos) no, lo asombroso es que se escriba una biografía y que ésta no cuente (ni invente) nada más que eso.

Y lo digo yo, que me he inventado una historia sobre la historia y me he quedado tan ancha.

La hija de Joyce plantea un relato en primera persona que combina los recuerdos de infancia y juventud de la protagonista, con sus sesiones de psicoanálisis años después y es excesiva, tanto que por momentos recuerda más al camarote de los Hermanos Marx, por la cantidad de artistas que entran y salen de su vida y que sueltan su frase para ser reconocidos (a veces era como volver a ver Midnight in Paris) que a una biografía.

No sé si lo es, a mí desde luego que no me lo parece.

Si Sabina Spielrein había podido ser contada a través de un diario obtuso y desmadejado en aquella obra de Alnaes, si también ella había sido paciente de Jung y había trascendido por sus relaciones sentimentales mal que nos pese, además de por su iniciativa psicoanalítica ¿qué falla aquí? Parece que se tomen esos diarios reales de la propia Joyce y se construya con ellos una figura más bien patética de una mujer que pese a rodearse de lo más exquisito de la cultura y la intelectualidad de su época lo único a lo que aspiraba era a casarse y “casarse bien”.

Lucia debió de sufrir tanto tantísimo que es difícil darle una historia que le encaje. Ella, víctima en el seno familiar como lo fue también Nijinski en el profesional (sí: el bailarín martirizado por Diagilev también hace su cameo entre las páginas del libro, ambos lo hacen) con esa autoconsciencia de genialidad tal vez desmesurada inculcada por un padre que la adoraba, sin duda, muy desmesuradamente, estaba condenada a la desgracia o al éxito rotundo.

Lo dicho: más conocida por sus relaciones íntimas que por los logros personales. De eso va esta obra, no de la vida de una bailarina.

 

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