Sabina

Sabina. Karsten Alnaes; trad. Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo; Madrid; Siruela; 1996

Lucidez crepuscular

Una mujer bastaba. El caos estaba sembrado, creció demasiado y acabo quebrándose de tanta intensidad. Se había desarrollado deprisa y no iba a durar demasiado, no podía hacerlo. También ella vivió así y con su vida bastó para alumbrar las mentes de dos hombres bien despiertos, que abusaron de su intuición, de su raciocinio magullado y de su entrega absoluta a la búsqueda de la felicidad.

Los pensamientos de Sabina Spielrein (1885-1942), una desgraciada judía de origen ruso que recuperó el juicio que se le daba por perdido en cuanto conoció y amó a su terapeuta suizo Carl Gustav Jung, (1875-1961) empezó a interesarme cuando alguien me habló de la película de Roberto Faenza, un film basado en el libro de Aldo Carotenuto Diario de una segreta Simmetria (1980) que plantea lo interesantes que pueden llegar a ser las tesis doctorales cuando uno se las toma en serio y trabaja no sólo para comenzarlas sino también para terminarlas: una doctoranda francesa, sigue de cerca las confesiones que Sabina vuelca en su diario y el espectador se lo cree todo, pese al amenazante regusto a sobremesa televisiva que envuelve a la cinta. Y es que el interés se debe quizás a los millones de mensajes que la actriz protagonista que encarna a Sabina es capaz de enviar con sólo dos ojos en la cara a cada plano (magnífica Emilia Fox) por poco más.
El libro es otra historia, realmente.

Sabina es una novela biográfica (Sabina. Biografisk Roman en el noruego original) que fluye tomando el pensamiento vital del personaje en el que se centra para, apoyándose en él, hablar de otras muchas cosas no menos vitales e igual de interesantes: una enferma mental desquiciada y un continente que se autodestruye con una guerra, por segunda vez; la búsqueda de la estabilidad mental de una mujer y de su psicoanalista y los esfuerzos por labrarse un reconocimiento profesional por parte de éste y a costa de de ella; ambiciones varias y deseos incontrolables con un estilo poético, simbólico, a veces demasiado explícito pero necesario.

Se dice que hubo plagio, que cuando Spielrein leyó su tesis La destrucción como causa primera del devenir (1911), adelantaba las ideas que Freud desarrollaría como propias en su Más allá del principio del placer (1920), aquello de que el ser humano anhela conservar su vida con las mismas ganas que siente que quiere destruirse. Que lo discutan los que saben.

Yo que ignoro, me dedico la estrofa con que se inicia la película de Faenza, que me parece muy chusca:

“What can grow without rain? What can burn for years without end? Stone can grow without rain. But only love can burn for years without end”

[Tumbalalaika, canción popular rusa. Traducción del Yiddish original]

Y en cuanto a la versión de David Cronenberg… ya se verá en su debido momento.

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