Panza de burro

Panza de burro. Andrea Abreu. Sevilla: Barrett, 2020

Comer libros

La semana pasada fui a la peluquería y me di barros. Me tiñeron el pelo con un ungüento templado a base de plantas que da mucho asco, no sólo por el olor a infusión fermentada que desprende sino también por la consistencia viscosa y pesada, parecida a la del chocolate fundido o cualquier otra cosa marrón, espesa y caliente que una pueda imaginarse. Me dejé convencer por los cantos de sirena de una peluquera que ensalzaba todo tipo de bondades en los resultados de dichos barros: producto natural, sin oxidantes, respetuoso con la piel y la fibra capilar, que nutre desde la raíz y aporta elasticidad. Algo maravilloso. Vamos a probarlo.

La experiencia, poco agradable de por sí, se acompañaba de los comentarios entusiastas de la estilista que, con cada brochazo sobre mi sien alababa lo bien que olía, lo eco-friendly que era, lo mucho que se acercaba a mi tono original (a saber: el de una planta podrida). Yo ya había dejado de creer en lo que me decía aquella mujer pero era tarde para echarse atrás, opté por abrazar con esperanza un tratamiento que se completaba con media hora de lámpara bien calentita directamente orientada hacia mi cabeza, que ya estaba envuelta en un gorro de ducha. La temperatura ambiente era de unos 35 grados. Cerré los ojos.

Salí de allí con un pelo muy suave y un color bastante bonito pero, sobre todo: supe que con ello había entrado en la experiencia moderna de lo chungo y que tarde o temprano acabaría por devorarme.

Explica Sabina Urraca (San Sebastián, 1984) en el prólogo de Panza de burro que los buenos textos deberían poder editarse hasta desaparecer. Creo que no le falta razón: una editora como ella enamorada de un buen texto como el de Andrea Abreu (Icod de los Vinos, Tenerife, 1995) lo estudia, lo toquetea, lo recorta y suprime hasta que engulle cada una de sus partes no esenciales y lo reduce al mínimo, como si lo saboreara y lo tragara para siempre y nadie más que ella misma.

Todo el texto de Panza de burro, me digo, es muy similar a la plasta color café que cubría mi cabello el otro día: pura expresión de un lugar recóndito de Tenerife que a una lectora que no ha pisado las islas en su vida le resulta extraña, a veces indescifrable y empleada con maestría para narrar ciertas vivencias femeninas e infantiles en el momento justo en que se pierden para siempre. Una amistad inocente entre dos amigas que se mezcla con todo tipo de desechos y es arrastrada por el agua de la cañería hasta que llega al mar y ya no regresa.

Es una historia sin mucha historia pero que envuelve y atrae durante la lectura: la perspectiva fascinada de una niña hacia su amiga en un entorno tan bien descrito que se ve y se huele. Muy desagradable. Muy chungo.

Una novela natural y sin oxidantes que deja la mente sedosa, sin duda.

 

 

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