La sonata a Kreutzer

La Sonata a Kreutzer. Leon Tolstoi. Trad. y notas Irene y Laura Andresco, revisión Víctor Andresco. Madrid: Alianza, 2005

Escenas de un matrimonio

Nada más refrescante para una jornada de casi-verano que los monólogos de un ruso desdeñoso. Los recomiendo.

Pózdnyshev viaja en tren, corren las últimas décadas del siglo XIX y las personas están desencantadas, asqueadas y semi revolucionadas con ciertos asuntos; el que ocupa a los pasajeros de ese tren, sobre todo es el asunto del amor pero también el del sexo ¿o es quizás al revés? Lo descubrimos al hilo del relato de este desgraciado.

Aguijoneado por las palabras de una dama que ensalza las bondades del amor “verdadero” y ya prácticamente inalcanzable en una sociedad como la que les ha tocado en suerte, donde ha fracasado la idea del matrimonio, varios caballeros le dan la réplica argumentando que no existe tal concepto, que el hombre se rige por el instinto perecedero de la atracción sexual. El vagón se anima según entran y salen participantes en el debate: fanfarrones orgullosos de sus prácticas licenciosas y censurables y defensores de la dominación del hombre sobre la mujer en la vida conyugal. Entonces Pózdnyshev arranca su narración y confiesa que él mató a su esposa.

Los motivos que lo conducen a tan fatídico desenlace nos son otros que el hastío, el desprecio a sí mismo por haber sucumbido a una vida familiar con su señora por la cual no siente el menor deseo y sin embargo, la misma que le despierta unos celos irracionales en las tripas cuando se empeña en ver que flirtea con su profesor de piano.

La odia y la mata pero no era suya.

En el discurso de este narrador leemos inevitablemente a Tolstoi, que muchas vueltas le dio al deseo de la carne y la necesidad de imponerse abstinencia de ella. Quiso que Sofía leyera sus diarios de juventud en cuanto se comprometieron, para que a ella no le quedasen dudas sobre la bestia parda que se llevaba para su casa y ni con esas logró intimidarla. Ella lo acompañó toda su vida, parió sus hijos y corrigió sus textos (gracias Barbusse por ayudarme a estudiarlo en su momento) y él dale que dale con que debía aislarse y dejar de comer carne… en todos los sentidos. El anhelo de una vida pura y sus complejos de aristócrata lo llevaron hasta donde lo llevaron, ya saben: una estación de tren, un disfraz de mendigo hipster… pero me desvío. Lean su vida o mejor: hagan los ejercicios propuestos en este magnífico blog.

Luego brotan personajes como los de este libro, que de un plumazo dejan tiritando a los discursos contemporáneos sobre el poliamor y las malas madres (malos padres aquí, muy malos) y demás moderneces y sólo puedo decir que es increíble. Que Tolstoi era increíble.

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