La gente en los árboles

La gente en los árboles. Hanya Yanagihara, trad. Regina López Muñoz. Barcelona: Lumen, 2018

Sálvame la vida

Cuando acabé de leer A Little Life, hace más o menos un año, el hueco que quedó en mi vida no fui capaz de volver  llenarlo ni confeccionando un bolso con los nombres bordados de sus cuatro personajes protagonistas (que cuelga de mi hombro cada día desde entonces), ni hablando de ella incansable con todo aquél que prestaba oídos a mis ansias de recomendación lectora, ni tampoco empezando a trabajar en un lugar en donde siempre había querido desempeñarme. No.

Ha pasado un año y ahora llega, recuperada, la primera novela escrita por Yanagihara. Me entrego a ella como quien se aferra a un flotador salvavidas en mitad del océano, casi sin poder asirme de sus contornos resbalosos, desesperada, esperanzada, anhelate.

Pero aunque me mantengo a flote con la lectura, sobre todo en su comienzo que está cargado hábilmente de sabios códigos narrativos de los que enganchan al lector, siento que no es lo que buscaba, lo que esperaba ni tampoco lo que en estos momentos necesitaba.

La gente en los árboles, como no sucedía en Tan poca vida, está narrada por un personaje que desde el comienzo, intuímos muy poco fiable. Él recupera y edita las memorias de otro, uno a quien admira y éstas llegan al lector cuajadas de anotaciones a pie de página. Lo que cuentan es a veces aterrador y otras desconcertante: se trata de los recuerdos de un hombre a quien acusan de un grave delito y que cercado por opinión pública, agota su defensa propia en una suerte de relato biográfico que pueda salvarle la vida; son los textos de lo que él vivió, lo que en realidad sucedió, filtrados por el tamiz de este otro que a toda costa quiere limpiar su imagen.

Más allá de este galimatías narratológico, lo que ocupa el grueso de la novela son páginas y págias de descripciones de una carga sensorial extraña: un científico perdido en lo profundo de la selva de una isla de la Micronesia, que siente atracciones “prohibidas” y descubre fenómenos dignos de las novelas de ciencia-ficción, cuyo odio a las mujeres y lo femenino se palpa en aquello que percibe como desagradable, sea cual sea su naturaleza (una flor bulbosa, una fruta que deja supurar un líquido rosado, una flor blanca con manchas rojizas, lo blando y suave que desprecia frente a lo duro y fibroso que idolatra…).

La maestría de Yanagihara para tratar el sexo como fuerza y motor de la naturaleza, desde el lado de lo masculino, como también hace en Tan poca vida: la homosexualidad y también la amistad y el cariño fraternal entre hombres, que excluye a las mujeres a quienes bajo ninguna circunstancia se las desea.

Y alrededor de todo, flotando en un halo misterioso e inexplicable, la magia y la promesa del secreto descubierto de la vida eterna, de la juventud que como una presa de caza, trata alguien de amarrar para siempre sin importar los estragos ni las víctimas, que las hay y eso, Hanya Yanagihara lo sabe contar muy bien.

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