Lev Tolstói. Diarios (1895-1910)

Lev Tolstói. Diarios (1895 – 1910). Trad. Selma Ancira. Barcelona: Acantilado, 2003.

Y ser escritor

Entre otras cosas, otras muchas y radiantes cosas, Lev Tolstói (Yasnaia Poliana, 1828 – Astapovo, 1910) fue escritor. Despertaba temprano, muy temprano por la mañana y sin apenas llenar su estómago, se sentaba a pensar: Tolstói pensaba en lo que iba a escribir, discutía sus novelas en su mente mucho antes de comenzar siquiera a escribirlas; también pensaba en lo bueno y lo malo del ser humano, en hombres, en mujeres y en la guerra.

Nos resulta abrumador abrir las páginas de una traducción como ésta y leer cada uno de los días anotados en ella, porque son los pensamientos traspasados al papel de Lev Tolstói. Eso impone.

Hace dos años, me encontraba yo con bastante tiempo libre y realicé este curso/concurso auspiciado por el gran Jesús J. Pelayo, hombre escondido tras el blog “El Infierno de Barbusse“. Sin quererlo, me adentré con él en un auténtico trabajo de investigación sobre la vida y parte de obra de Lev Tolstói, porque sí. Menudo viaje.

Desde entonces, la imagen del autor de Anna Karenina o Guerra y Paz se dibujaba en mi imaginación como la de un hombre más sabio que nadie y retorcido, porque tanto reflexionar y tanto replantearse la vida misma lo debe de dejar a uno con un carácter nada fácil de tratar. Pensaba. No tenía ni idea pero, con todo lo que había leído de él en aquel monográfico, imaginaba que casi había llegado a conocerlo.

Me asustaba haber tenido “trato” (aunque fuera de carácter imaginario) con semejante individuo testarudo y obcecado en sus ideas; me daba un poco de miedo conocer a un señor que, por ponerles un dato curioso, en su juventud se había entregado a la fiesta y el despendole con todas las ansias que tan temprana edad permite, que se había enamorado de la que sería luego su esposa (Sofía Andréievna Behrs, apodada cariñosamente Sonia por su marido) y que antes de contraer matrimonio había obligado a la pobre muchacha a leer sus diarios de entonces, porque quería que supiera todos y cada uno de los detalles de su pasado, muy especialmente los de índole sexual.

Debo decir que no nos hicimos íntimos pero que el hombre, despertó mi más profunda admiración.

Así que dos años después caen en mis manos los diarios de sus últimos años de vida y, como quien se reencuentra con un viejo conocido, me intereso por saber qué le ha pasado “últimamente”.

Leer los diarios de Tolstói es impactante para cualquiera y no sólo porque se alargan hasta el mismo día de su fallecimiento. Comprobar con qué frialdad explica que “hoy he estado pensando” consciente de la gravedad que el verbo “pensar” aplicado a su persona implica. Un genio consciente de su sabiduría. Un insatisfecho crónico que siempre despreciaría la élite burguesa en la que le tocó en suerte nacer y vivir hasta morir, pese a sus intentos de renunciar a ella.

Interesantes son, porque pese a la introspección de sus palabras, se reconocen dirigidas a un lector hipotético, como asumiendo “hey, me quedan pocos años de vida: aprovecha y escucha lo que todavía tengo que decir antes de irme”. Mucho dijo, eso es innegable, pero también es cierto que algunas de las cosas podía habérselas ahorrado por no manchar la memoria de esta “conocida suya”, autora de este blog y que suscribe estas líneas.

Tolstói nos habla de las irreconciliables diferencias en la naturaleza de hombres y mujeres, de la necesidad de replantearse el sentido del esfuerzo por el trabajo que realiza todo hombre sobre la faz de la tierra, de la alimentación y las lecturas, del amor por uno mismo y el amor hacia los otros, del arte y la creatividad… ahí es donde yo me detengo y sencillamente, alucino.

Anotaba los proyectos de historias antes de que supiera a dónde iban a llevarle cuando se sentara a escribirlas, estudiaba a sus personajes y los volvía redondos sin saber qué circunstancias darían lugar a cada novela protagonizada por ellos. Pese a todo, sorprende la cantidad de veces en que simplemente nota “hoy no he escrito nada”, en un gesto más de autoconfesión que dirigido a ese lector implícito. Es increíble ver cómo va y viene en sus decisiones, teorías, contradicciones. Porque en el fondo, se trata de escribir y para escribir hay que escribirlo todo.

Hay más diarios suyos, del resto de etapas de su vida. Eso explica muchas cosas.

Una pena que no existieran los blogs en el siglo XIX, Lev.

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