Abril encantado. Elizabeth von Arnim. Trad. Beatriz García Ríos. Barcelona: Alfaguara, 2014
Señoras
Señoras me sugieren esta lectura: señoras que conocen sus gustos y aficiones y, conociéndome también a mí, intuyen los míos; señoras que han coleccionado años de vida, historias, experiencias, anécdotas con las que dar ejemplo a sus amigas señoras de todas y cada una de las diversas circunstancias en que puedan éstas verse envueltas, para aconsejarlas, para ayudarlas a salir del bache o, simplemente: deleitarlas con un delicioso relato.
Porque deliciosa es también esta novela y yo, que me tengo por señora de buen criterio, gustos refinados y morro fino en general, también la recomiendo a mis amigas porque, señoras: hay que cuidarse.
Abril encantado no va de otra cosa que de señoras disfrutonas y creo no hay mejor época para acercarse al concepto de «mujer de mediana edad inclinada a aprehender los placeres de la vida mientras el cuerpo le aguante» que los pintorescos años veinte. Publicada por primera vez en 1922, esta historia exprime la belleza y el gustirrinín que provocan el calor de los primeros rayos de sol de la primavera filtrándose por las ramas de una acacia. Elizabeth von Arnim escoge a cuatro mujeres con cuatro personalidades bien diferentes y las lleva a compartir el alquiler de un castillo en la costa de Italia, a ver qué sucede. Lo más obvio es el choque entre ellas y lo más sutil, tal vez, el choque consigo mismas al abandonar Inglaterra y, sobre todo, a sus maridos.
−Wilkins− dijo.
−¿Wilkins?
−Sí.
−¿Como su nombre?
−Y el suyo.
−¿Algún pariente?
−No es familia.
−¿Un allegado?
−Un marido.
Una novela que hace florecer a sus personajes bajo ese rico sol primaveral que imaginamos en Italia y en ningún otro sitio, que los dota de una gracia particular gracias a diálogos sarcásticos (Elizabeth von Arnim debía de serlo bastante, en Vera también se aprecia, aunque hacia otra dirección) y tramas sencillas.
Se hizo película. No la he visto (nadie me la ha recomendado).

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