Vera. Elizabeth von Arnim. Trad. Mercè Diago y Abel Debritto. Barcelona: Ediciones del Bronce, 2001
Bandera roja
«…un amor sencillo y alegre, hasta infantil, que la autora nos relata en un lenguaje llano y vigoroso provisto de una gran dosis de sentido del humor…» dice la contracubierta de esta edición de la novela que Elizabeth von Arnim (Sidney, Australia, 1866 – Charleston, EEUU, 1941) publicó en 1921, pero no es un amor ni sencillo ni alegre y ese lenguaje tampoco se percibe como llano y vigoroso sino más bien turbio y cargado de mensajes claros desde la primera intervención del personaje masculino protagonista, Everard Wemyss, que es malo como la peste.
Comparada a menudo con Rebeca (Daphne du Maurier, 1938) y aunque es cierto que ambas se dan cierto aire en el planteamiento, si algo las diferencia definitivamente es el punto de vista de la narración: mientras Rebeca se cuenta a través de la única voz de una protagonista sin nombre, que no se entera de nada, en Vera se recurre al omnisciente (lo sabe todo) que adopta por momentos voz, pensamientos y por tanto también perspectiva de cada personaje, sin ceder ante ninguno: a todos se los ve venir y acaban como nos imaginamos que deben hacerlo. La magia del estilo indirecto libre.
Vera, al igual que la novela de du Maurier y la película de Hitchcock que dio nombre a los twin set de punto en la década de los años cuarenta es un personaje que, para cuando arranca la historia, el lector entiende que nunca va a llegar a conocer sino por ideas o recuerdos de otros.
Hay abuso y hay conductas reprobables: hay machismo y aceptación, sumisión por miedo a la violencia, al abandono, a la pérdida de una figura de autoridad que se responsabilice de las cosas importantes de la vida, esas que se conducen por los hombres… y lo cuenta una novela de hace ciento cinco años, cuando aun nadie hablaba de red flags, ojo.
Merece mucho la pena.

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