La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary

La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary. Mario Vargas Llosa. Barcelona: Alfaguara, 2012

Comfort zone

Fueron varias las ocasiones en que dije, sin pensármelo demasiado, que una de las lecturas preferidas de todos mis tiempos es La Regenta. Quiero leerla de nuevo y sé que lo haré en cuanto vuelva a disponer de esas tiempos míos tan valiosos (ando escasa, es porque estudio) pero mientras tanto me dedico a llenar huecos con otras lecturas ligeras, aptas para el transporte público, curiosas y satisfactorias. El XIX está bien, los comienzos del XX también, los ensayos de cualquier época: mejor.

La semana pasada vimos en casa la adaptación que Claude Chabrol se marcó de Madame Bovary en 1991, esa en la que colocó a Isabelle Huppert en el papel de Emma como quien trasplanta el esqueje de un árbol en su jardín, a ver si cuela, prende y crece… y lo cierto es que le dio frutos. Huppert es magnífica y aunque el personaje, a priori, no encajaba bien con ella (al menos en esa etapa de su vida) lo borda en punto de cruz, como siempre.

Emma Bovary, la muchacha lánguida y aburrida, crónicamente insatisfecha y deseosa de vivir experiencias que ni su entorno social, ni tampoco el económico le van a hacer posible nunca es un personaje fascinante y complejo: la novela está llena de matices y permite a quien la lee vivir esa sensación ambigua de odiar y amar a su protagonista, que solo los grandes textos de la literatura conceden, de vez en cuando.

Leí Madame Bovary durante el segundo año de doctorado: me apunté a un curso monográfico que la analizaba y que en el futuro me ha servido para analizar otras cosas que nada tienen que ver con lo literario y más con la psicología de quienes me rodean. Aprendí mucho y sobre todo, me gustó mucho entender los trucos (no particularmente evidentes) que un escritor puede desplegar en una novela para que, quien quiera, se atreva o pueda, los recoja y se los lleve a su casa.

También recordé, durante esa lectura, a la de La Regenta de cuando yo tenía quince o dieciséis años, la mejor, insisto.

Así que estos días he dejado que Mario Vargas Llosa, enamorado de este libro hasta el mismo tuétano, me dé aun más información sobre él y sobre su autor. Escrita en 1974, La orgía perpetua expone lo que hay de real y de recreado en el argumento de Madame Bovary acudiendo a fragmentos de cartas del autor, comentarios a sus amigos y amantes, reflexiones, frustraciones y miedos varios, sin perder de vista que quien los trae a colación es un escritor entregado al análisis de uno de sus libros favoritos que, inevitablemente, se mezcla a sí mismo con lo que lee y disfruta.

Es lo que sucede cuando uno hace lo que a uno le gusta.

Un ensayo que, siendo así, como digo, permite conocer un poco mejor a Vargas Llosa y que regala, de paso, una lección magistral de escritura y análisis literario.

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