París no se acaba nunca

París no se acaba nunca. Enrique Vila-Matas. Barcelona: Anagrama, 2003

“No” es “nunca”

Me gustaría ser irónica como el señor Vila-Matas que aunque no se parece en nada a Hemingway insiste en convencernos a sus lectores/oyentes desde las primeras líneas de esta ¿novela? de que sí. Y digo “novela” pero así, bajito, porque él la llama “conferencia de tres días” y hay que respetar al autor; en cualquier caso seamos cautos con lo que Enrique dice.

Irónica, me gustaría alcanzar excelsos niveles de ironía como los suyos de vez en cuando, con según quienes y en según qué términos pero no puedo: imagino que me faltan años, me sobra pelo y no me llega la testosterona al cerebro.

Me gustaría decir “no”. Me gustaría decir “no, nunca más” y más a menudo.

París no sé acaba nunca, hombre pues no lo sé, lo que parecen no tener fin son las referencias que Enrique hace a sí mismo (igualito que los autores modernos de la “autoficción” cool que invaden hoy las librerías, igual) y a ese pasado en la buhardilla que Marguerite Duras le alquilaba en el número 5 de la Rue Saint Benoît. La misma buhardilla en la que vivió durante una temporada el que fue mi director de tesis y así hasta alcanzar un círculo perfecto de casualidades con anillos concéntricos que rematan en Roman Polanski y en mí misma leyendo novelas por error y comprando billetes para conocer París en un par de meses.

Si no es por F. que además acaba de regalarme la lámina más bonita del mundo de Rosemary’s Baby, me quedo sin verlo porque se acabará algún día. Seguro, igual que se acabó Notre Dame.

Pero al señor Vila-Matas le da igual si yo voy a París o no y si el cine de Polanski es efectivamente siniestro porque con este libro ha venido a hablar de sí mismo, de él hablando a los que le escuchan “recuerdo esto… me encontré con éste… aprendí esto otro”. Se trata de una enumeración sin prisa de aspectos de un París que ya no existe porque, aunque no se ha acabado todavía, estoy convencida de que ha cambiado desde la década de los sesenta que él describe. Un verdadera lástima: ojalá poder bajarse del avión y volver a esa década como hace Owen Wilson en la película de Woody Allen.

Ese París, además, tampoco debió de existir jamás porque ya digo: con Vila-Matas hay que andarse con ojo y no fiarse nunca.

Ahora que lo pienso: con Woody Allen también, que menudos sustos si una piensa que las ciudades de sus películas son como él las pinta y luego llega a ellas y encuentra lo que encuentra: asfalto, desolación, gente vestida de INDITEX, ninguna planta decorando interiores con gusto exquisito y nada de tenue luz naranja del atardecer.

Pero regresemos a Enrique, sus ganas de escribir una novela sobre asesinas, su falta de dinero, Marguerite, las traducciones y los cafés de París; París no se acaba nunca lo condensa todo en capítulos minúsculos.

Al final, se acaba, como todo.

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