Siamés

Siamés. Stig Sæterbakken. Trad. Cristina Gómez-Baggethun y Øyvind Fossan. Madrid: Mármara, 2018

El viejo y la muerte

“Entre montes, por áspero camino,
Tropezando con una y otra peña,
Iba un Viejo cargado con su leña,
maldiciendo su mísero destino.
Al fin cayó, y viéndose de suerte
Que apenas levantarse ya podía,
Llamaba con colérica porfía
Una, dos y tres veces a la Muerte.
Armada de guadaña, en esqueleto,
La Parca se le ofrece en aquel punto;
Pero el Viejo, temiendo ser difunto,
Lleno más de terror que de respeto,
Trémulo la decía y balbuciente:
«Yo … señora… os llamé desesperado;
Pero… «Acaba; ¿qué quieres, desdichado?»
«Que me cargues la leña solamente.»

Tenga paciencia quien se cree infelice;
Que aun en la situación más lamentable
Es la vida del hombre siempre amable:
El Viejo de la leña nos lo dice”.

(Félix María de Samaniego)

Y la vejez: el deterioro físico y mental que no suelen ir a la par en la carrera; el mal carácter, la envidia de la juventud, el hastío, el aburrimiento de vivir, la espera por la muerte.

Siamés me ha recordado a la fábula de Samaniego que mi abuela, cuando mi hermano y yo éramos pequeños, nos recitaba y escenificaba con todo el donaire que le cabía en el cuerpo. Lo hacía bien: se proponía asustarnos siempre que llegaba al verso de Pero… «Acaba; ¿qué quieres, desdichado?» y vaya si nos asustaba.

Yo acabé aprendiéndola, de estas cosas que una aprende para toda su vida sin quererlo, como los afluentes del río Ebro a su paso por La Rioja o el maldito padrenuestro y entonces, leo una nueva novela de Mármara y zasca: “¿qué quieres, desdichado?”.

Me contaron cosas de A través de la noche y no quise leerlo; demasiado deprimente, demasiado gélido, no era el momento, pero me atrevo con lo que llega ahora del mismo autor a la misma editorial (una obra publicada originalmente en 1997) y sin saber aún si efectivamente la otra es tan deprimente y gélida como se dice, constato que esta no deja buen regusto en el paladar.

Son dos viejos: él casi en estado de descomposición y ella no; comparten los últimos días que les quedan de vida juntos en un apartamento que apesta a chicles masticados y excrementos y al cual llega un joven técnico de mantenimiento para reparar las pocas lámparas que todavía utilizan en la vivienda.

Él está ciego, ella no.

Él no se mueve y pasa las horas en una silla en el cuarto de baño, ella no.

Él imagina que el técnico de mantenimiento viene para algo malo, desconocido y en absoluto confiable, ella parece que lo quiera seducir e invitarlo a quedarse para siempre.

Él se queja, se queja mucho de la vida y de la muerte, ella teme que suceda lo que parece que va a ocurrir en cualquier momento y observa a través de la ventana y resiste y espera.

Dos monólogos trenzados que avanzan imparables a un desenlace que quizás asuste o sorprenda o simplemente nos conmueva igual que lo hace que un poema bien recitado.

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