Nada se opone a la noche

Nada se opone a la noche. Delphine de Vigan, trad. Juan Carlos Durán. Barcelona, Anagrama, 2017

Bajo la influencia

Inmersa en una cólera ciega, soñaba con aplastarles y machacarles a puñetazos, los odiaba a todos, porque entonces me venía la idea de que eran culpables de que se hubiese convertido en lo que era, y que se reían de ello a carcajada limpia.

Soy una mujer que necesita certezas en la vida. Si las cosas se escurren o se tuercen, tengo que poder entender que se han escurrido o torcido porque yo no he sido capaz de controlarlas, porque me he equivocado, porque no lo he hecho bien. Cuando la sorpresa precipita el desastre, soy una persona que sufre. Cuando la incertidumbre toma el mando en el devenir de mis acontecimientos personales, entonces tengo un problema.

Nada se opone a la noche, narración biográfica de las desgracias que acompañaron a la madre de Delphine de Vigan desde su infancia y hasta que su hija la encontró muerta en su apartamento cinco días después de haberse suicidado es certeza absoluta. La autora reconstruye a través de la correspondencia entre familiares, horas de grabaciones, entrevistas, fotografías y demás testimonios la tortuosa existencia de Lucile, afectada de una enfermedad mental que hoy identificamos con el “trastorno bipolar”.

Por lo tanto sabemos que se suicida y sabemos que está condenada desde el inicio: la hija decide ubicarla en un mundo de dolor en donde todos incluyéndola a ella misma, sufren y parecen no llegar a levantar cabeza nunca. Una familia disfuncional (o simplemente rota, equivocada, descompensada y mal entendida) cría y educa a Lucile; en ella se desarrolla y de ella se desvincula cuando toma su propio camino con su trabajo, su marido y sus hijas pero todo va a salir mal, tenemos esa seguridad y lo leemos.

La madre de Delphine de Vigan se sabía aquejada de una enfermedad que mermaba sus capacidades sociales y optaba por destruirse a sí misma, como pasa a menudo en esos casos. El relato de su hija trata de justificar el origen y recompone el camino tortuoso de esa madre inadaptada: hay quien la dañó, quien la amó, quien no la ayudó y quien simplemente ignoró sus dificultades.

En terrible contraste con ese aplomo de certeza que destila el texto, la narradora irrumpe en él cada ciertos pasajes para dar cuenta de episodios reales ya no de la vida de su madre, sino de la suya mientras la escribe. En ellos menciona otra de sus obras también autobiográfica sobre sus crisis de anorexia, describe los comportamientos de sus hijos y se refiere a el hombre a quien ama, al padre de esos niños con una inseguridad aterradora.

La certeza, sí. Para mí lo es todo.

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