El unicornio

El unicornio. Iris Murdoch. Trad. Jon Bilbao. Madrid: Impedimenta, 2014

El fin del mundo

“La muerte no es en absoluto la consumación del yo. Es muy sencillo. Antes de la desaparición del yo, nada existe realmente, y así es como sucede la mayor parte del tiempo. Pero en cuanto el yo se desvanece, todo pasa a existir, y se convierte de inmediato en el objeto del amor. El amor mantiene unido el mundo, y si nos olvidamos de nosotros mismos, todo lo que habita en el mundo volará en perfecta armonía, y cuando vemos cosas hermosas es a eso a lo que nos recuerdan”.

En 1919, el año en que Iris Murdoch nacía, Sigmund Freud publicaba un ensayo titulado Lo siniestro (Das Unheimliche). Los exhaustivos análisis etimológicos y comparativas de textos de Lo siniestro, conforman un estudio que persigue desentrañar las circunstancias psicológicas que provocan cierto incómodo efecto, el que sucede cuando “aquello que debía haber permanecido oculto, acaba manifestándose”.

Iris Murdoch murió 79 años después y aquejada de los terribles estragos de la enfermedad de Alzheimer. Sin recordar ni reconocer. Había sido titulada en Literatura Clásica e Historia Antigua, posgraduada en Filosofía, premiada, reconocida y admirada autora de más de una veintena de novelas.

Así de triste.

El unicornio, la séptima novela que publicó Iris Murdoch, dicen los que han leído las otras, que es la más diferente.

En mi caso, acometo la lectura de El unicornio sin haber leído nada más de la autora y extraña, desde luego que me lo parece.

No es fácil ni complaciente: el argumento se sostiene con un andamiaje gótico y se recubre de una lona de simbolismo y filosofía, que ya les advierto que no es apto para perezosos ni “fast-readers”. El unicornio, si se esfuerza uno un poco, arrastra al lector a los huecos de su propia manera de pensar, de ver el mundo y de ver a los demás.

El lector se identifica desde la primera página con la despistada Marian y asiste junto a ella al extraño espectáculo de las vidas de los habitantes de un lugar lejos del mundo civilizado. Personajes que siguen pautas de conducta casi animal y que de hecho, son constantemente comparados con perros, focas, murciélagos o caballos… todos ellos existiendo con dependencia religiosa de alguien, casi “algo” que expía sus culpas.

Ya digo: no es sencillo.

Plantea entre otras cosas (muchas cosas) que no tiene mucho sentido que vivamos condicionados por el miedo, que escondemos pero que acaba saliendo a la luz de forma irremediable, ni a la espera de voluntades ajenas que nos salven de nada. Sostiene que las fábulas deben tomarse con precaución y supervisión lógica.

Constata que los unicornios no existen.

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