Camille Claudel

Camille Claudel. Anne Delbée. Trad. Ana María Moix. Barcelona, Circe, 1989

La forma del agua

Biografías: esos relatos que recrean la existencia de alguien real, desde la perspectiva inevitable de aquél que la cuenta. Las vidas de los otros; las biografías se moldean con la arcilla de los datos que se conocen de un personaje, se les da la forma que uno considera, se adaptan al medio, al que va a leerlas y el resultado no siempre es una escultura brillante ni genial pero sé esencialmente auténtica.

Camille Claudel, contada por Anne Delbée (una dramaturga estudiosa de la obra de Paul Claudel) tiene atractivo. Ella es experta en el hermano y es sólo a través de las citas indirectas que éste hace de ella, de Camille, que se decide a escribir sobre la escultora y a narrar la triste, tristísima historia de su vida y de su muerte.

Un biografía nada fácil. Donde sea que uno busque sobre quién era esta hermosa mujer, encontrará, además de imágenes de sus esculturas en mármol y fundiciones en bronce, la palabra “locura” y la alusión constante a Auguste Rodin como su mentor, profesor y amante.

Artista, creativa, emprendedora, trabajadora, paciente, constante… Camille Claudel le daba forma a la piedra y a través de ella, hablaba sobre lo que tenía dentro y lo que existía a su alrededor, porque así funcionan los artistas. Comunicación pura.

Pero la tragedia de la vida, esa que sobreviene cuando menos se la espera a ella la partió en dos con el fracaso profesional y el reconocimiento público. ¿Qué puede ser peor para un artista que vive para modelar, desbastar y tallar figuras imaginadas, que ser ignorado y despreciado al lado de otros artistas de su misma categoría? Quizás, el hecho de que si se vive para alguien a quien se ama, éste la rechace por otra ¿Eso vuelve loco a alguien?

De acuerdo con las crónicas y los informes médicos del sanatorio en donde fue ingresada para pasar los últimos treinta años de su vida, a Camille esa tragedia le produjo una “sistemática manía persecutoria acompañada de delirios de grandeza” y la historia la conserva para nosotros como una de tantas mujeres que perdieron la cabeza “por amor”.

La biografía Camille Claudel, además de intercalar fragmentos de las cartas que la escultora intercambiaba con su hermano Paul, repasa en un agotador y cargante estilo indirecto libre, los momentos más representativos de la vida de esta mujer, de acuerdo con esas referencias y con los resultados que cualquiera puede leer en la contemplación de sus obras.

O también pueden verse las dos películas que existen sobre ella: una que insiste en las querencias y atracciones de los dos artistas, que deja a Rodin en un espacio más bueno que malo, como eterno defensor del genio de la que fue una de sus muchas amantes y que pinta a la escultora como una auténtica pirada en el rostro de Isabel Adjani (Camille Claudel, Bruno Nuytten, 1988) y otra (Camille Claudel 1915, Bruno Dumant, 2013) que captura a la artista en edad madura, durante unas horas en el centro psiquiátrico de Montdeverges, esperando por su hermano Paul Claudel. Juliette Binoche se traga a Camille en este caso, siento decir.

Mi duda, después de todo, es si Camille, la auténtica Camille fue realmente como la pintan los que la escriben y como la interpretan los que la leen; si ella, como material con el cual ha de esculpirse una biografía, no sería más que espíritu indefenso y torrente de creación, de ánimo inestable y fuertes ideas, de cambios de humor, de contradicciones, de impulsos; tal vez Camille fuera una persona que esculpía porque no sabía ni quería hacer otra cosa, pero a nosotros, nos llega con la forma que algunos han querido darle, adaptándola igual que el agua en una vasija.

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