Un episodio nacional

Un episodio nacional. Carlos Mayoral. Barcelona: Espasa, 2019

Madrid no era una fiesta

Allí donde la bullanguera calle Fuencarral se abre paso a uno de los tramos más elegantes de Madrid, donde la glorieta de Bilbao la anuda con Sagasta y Carranza, en el verano de 1888 hubo un crimen. El asesinato de la viuda de Vázquez-Varela fue sonado en su momento por las habituales “extrañas circunstancias” en el cual fue desvelado y, también, por el retorcido entramado de conspiración política y social que arrastró consigo.

Un episodio nacional arranca con este suceso, lo engancha a la silueta bigotuda de ese señor que acompañó nuestros billetes de mil pesetas acuñados en los años ochenta llamado Benito Pérez Galdós, a sus intrigas personales como autor, amante y curioso observador de la sociedad madrileña y se extiende hasta el personaje de Melquíades, joven aspirante a escritor que sigue los pasos del maestro y la lía por su cuenta entre los barrios de Maravillas, Lavapiés, Recoletos o Embajadores en un Madrid que se cae a pedazos.

Diría que Carlos Mayoral (Madrid, 1986) para escribir esta historia ha tenido que untarse con la pintura de las novelas de Galdós hasta pringar bien todo su estilo y reproducirlo, a su manera, en clave contemporánea y con matices detectivescos, y lo diría si no llevase ya tiempo siguiendo su cuenta de twitter (@Carlos__Mayoral) en donde puede comprobarse que este autor sabe despacharse a gusto con las nociones literarias que ya tiene, sin necesidad de atiborrarse a la sazón para escribir una novela.

Un episodio nacional cruza lo real con lo recreado de manera ficticia, los papeles oficiales de la investigación y del juicio con la fantasía y a aquellos que existieron con los inventados para, con todo ello, perfilar una trama que entretiene mucho. Sirve a sus lectores para comprender, efectivamente, un capítulo de la historia de España no tan alejado del que vivimos en nuestros días, en el cual algunas miserias de los pobres se utilizaban para encubrir los escándalos de los ricos y en el que los intelectuales, muchos venidos desde provincias remotas, tomaban la capital para convertirla en foco y hervidero cultural con sus cafés, sus tertulias, sus chismes y sus rivalidades. Asimismo, sirve para ayudar al transeúnte madrileño a recorrer todas esas calles, plazas e iglesias de Madrid en cuyos nombres quizás no suela detenerse pese a que bien merezca la pena que lo haga.

A mí me ha increpado con violencia a través de sus páginas para echarme en cara el no haber leído Los pazos de Ulloa todavía, ni tampoco las novelas de Galdós con el detenimiento que merecen, lo cual, me temo que debe de ser muy útil cuando alguien quiere dedicarse al oficio de escribir, tanto en tiempos de Galdós y Pardo Bazán como en la segunda década del siglo XXI.

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