Jardín de cemento

Jardín de cemento. Ian McEwan. Trad. Antonio-Prometeo Moya. Barcelona: Tusquets. 2005

Parterre irregular

Uno alcanza el final de esta sórdida novela con una presión en el esternón que no indica nada bueno. Algo han hecho mal los personajes, o los adultos ficticios responsables de su educación, o el autor del texto, o nosotros.

Jardín de cemento, primera novela de Ian McEwan (Aldershot, Inglaterra 1948) es el ejemplo perfecto de lo que los escritores debieran conseguir con su primera publicación; una historia que se deja caer por su propio peso sobre la argamasa fresca de nuestra imaginación y que aguanta ahí hasta que ésta se seca.

Los miembros de una familia desmembrada, salen adelante, descubren la vida y se ven forzados a luchar contra la muerte, a aprender de ambas y a dejarse vencer por la más fuerte. Durante uno de los veranos más calurosos del siglo, los protagonistas de este siniestro relato darán su propio sentido al concepto de “familia” y a la necesidad de “amor” para alimentarla.

Asumida desde la perspectiva del hijo adolescente, Jardín de cemento se lee y es confusa, pues no logra entenderse por quien se encarga de narrarla: lo que sucede dentro de una casa demasiado grande, lo que falta y lo que sobra en las relaciones que dentro de ella, mantienen cada uno de sus miembros. Lo que está bien. Lo que está mal.

Y alguien que llama a la puerta.

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