Trauma

Trauma. Patrick McGrath. Trad. Javier Calvo Perales. Barcelona. Random House Mondadori. 2011

El viejo fenómeno del texto hueco

Va a ser que me busco yo solita las consecuencias de mis actos, con las decisiones que voy tomando a diario. Pienso que sí. A menudo meto la pata y claro, luego me arrepiento.

Perogrulladas, a parte: este libro es de una planicie que ni los campos manchegos. Una que es a veces más retorcida que curiosa, ve un título así y piensa que puede sorprenderse con lo que un autor que desconoce, pueda llegar a contarle. El resumen del argumento asegura que es una historia de misterio, de un psiquiatra que sigue el hilo de sus recuerdos infantiles y que acaba revelándose a sí mismo la oscuridad más negra que nunca imaginarse pudo. Así que le doy mi voto de confianza, le regalo a esta novela mi tiempo y mi concentración y ¿qué me da ella a cambio? pues nada. No me da ni un susto ni una alegría, ni una lagrimilla, ni un poco de pena siquiera. Nada.

Será que las narraciones de los terapeutas con pacientes menos trastornados que ellos mismos, parecen mucho más de lo que finalmente son. O tal vez sea que yo no me entrego lo suficiente a las descripciones fragmentadas e interrumpidas que Patrick McGrath me aporta. Ignoro el motivo, pero no me cuaja el resultado.

Podría decir que es el tiempo narrativo, el presente y la primera persona que me molestan porque son demasiado directos, muy confiados hacia el lector que todavía no sabe si aquello que va a leer le merece la pena tenerlo cerca unos días, o unas noches antes de ir a dormir. Pero entraría en contradicción, porque otras novelas así construídas me han resultado interesantes y agradables; me han acompañado durante tardes enteras y trocitos de algunas noches.

No es el “yo ahora”, por tanto. Tal vez la elección de los personajes, personas a las cuales me doy cuenta (tarde) de que no quiero conocer, cuyas vidas me resbalan. Un hombre cuyo trabajo lo pone en contacto a diario con diversas experiencias atormentadas, que no quieren ver la luz, que se esconden y no salen con las palabras de quienes las padecen. Un protagonista que llega a la conclusión (tarde, también) de que por cambiar de pareja y beber como un cosaco, no va a salvarse del enfrentamiento con lo que le hizo daño cuando era un crío.

Pero ¿no hay millones de tramas así que nos gustan? Pues sí, las hay.

Sera éste el viejo caso del texto hueco, de cartón-piedra. Valorémoslo entonces en cuanto tal. No todo van a ser lecciones magistrales de buen hacer narrativo: escribir sin contar nada, también tiene su aquél.

 

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