Ajuar funerario

Ajuar funerario. Fernando Iwasaki; Páginas de espuma; Madrid; 2005

A dos metros bajo tierra

Para el ser humano, de natural cohibido ante la idea de que vaya a llegar un día en que abandone todo esto y desaparezca sin dejar rastro, mofarse de los miedos ante la muerte y sus amenazas podría parecerle útil. Es una práctica inteligente, si se tiene en cuenta esa necesidad innata que el mismo ser humano tiene por sobrevivir al día a día buscando el buen sentido del humor. Vivir bien antes de morir, es lo lógico.

Y será que para Fernando Iwasaki (Lima, 1961) esa actitud es además una forma de entender su colección de relatos breves titulada Ajuar Funerario: unos noventa cuentecillos sobre la muerte, tan presente en las vidas de los vivos y sobre algunos muertos que juegan al despiste con el lector de lo fantástico.

Ocho meses atrás, estaba yo sentada en un auditorio de cierta Universidad española, sin saber que en un par de filas precedentes, un asiento era ocupado por Fernando Iwasaki, autor a cuya obra se le dedicaban aquellos días numerosas comunicaciones y esforzados análisis. La gente murmuraba, como suelen hacerlo las personas que compartiendo intereses y estando reunidas en una misma sala, descubren al creador de su objeto de interés repantingado en una butaca, allí mismo.

Yo no sólo no lo conocía a él, es que tampoco había leído nada suyo y por eso ni me inmuté. Pero llegó la hora de oír hablar a los expertos de lo que este señor había escrito y ahí fue donde mis curiosidades se pusieron a funcionar.

Ajuar funerario merece un vistazo, un par de lecturas playeras y también un extenso estudio. Todos los microrrelatos que en él se contemplan, tratan a la muerte como leitmotiv y a los muertos como personajes, héroes o protagonistas de sucesos que son cotidianos y que, por eso mismo, nos resultan inquietantes.

Por ello, cuando recuerdo al señor Iwasaki diciendo que cuando él era pequeño y se portaba mal, en su familia lo amenazaban señalando al crucifijo que colgaba en el cabecero de su cama y diciéndole: “por tu culpa sufre ¿lo ves sufrir con esos clavos y esas espinas?” todo me encaja mucho mejor, ahora que ya le he leído. No mentía a nadie cuando aseguraba que la ironía y el horror, caminan juntos en su obra, “como consecuencia de una educación sentimental de miedo y represión religiosa”.

Como para no hacerlo.

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