El yo dividido

El yo dividido. Un estudio sobre la salud y la enfermedad. R. D. Laing; trad. Francisco González Aramburo; Madrid F. C. E. 1964

El cociente intelectual

Hay algo en el modo en que está escrito este ensayo que me pone los pelos de punta. Ya el modo en que vino a irrumpir con su presencia en mi vida fue inquietante y perturbador (con todo lo inquietante y perturbador que las compras realizadas en las librerías de viejo tienen de por sí).

Llevaba años tras él. Los escarceos temporales derivados del préstamos bibliotecario me dejaban insatisfecha: yo necesitaba poseer un ejemplar, hacerlo mío sin fecha de devolución, sin límites y para siempre. Por casualidad se ofreció ante mí y pagué por llevármelo a casa. Estaba usado, leído demasiadas veces y subrayado con crueldad, pero no me importaba: yo iba a darle una vida mejor. Conmigo conocería los placeres de una buena lectura de sofá, se apoyaría en cojines de terciopelo y descansaría sobre repisas limpias y perfumadas. Prometí escucharle, atender a todo lo que quisiera contarme y creérmelo todo todito con sus pelos y sus señales.

Casi me convierto en libro.

Sin embargo aquí estoy, sólo escribo sobre él porque me parece muy interesante: La esquizofrenia como enfermedad mental al acecho de cualquier mente sana.

Reconoce el autor en el prólogo que su obra no será un compendio teórico sobre la esquizofrenia en sí misma, sino la descripción de aquello que implican y en lo que consisten los procesos desencadenantes de la locura. Desde luego que otro tipo de texto habría acabado conmigo, pero lo bueno de este es su claridad y su franqueza; frases como que por nuestra experiencia personal, todos sabemos que podemos ser nosotros mismos sólo en nuestro mundo, y a través de él, y que puede decirse con razón que nuestro mundo morirá con nosotros aunque “el” mundo seguirá existiendo sin nosotros a mí me hielan el corazoncito. Será que las comprendo.

La manera inicial en que vemos una cosa determina todos nuestros subsiguientes tratos con ella, claro; las primeras impresiones siempre han tendido a estar menospreciadas pero son importantes.

Importancia capital la que tiene el trato con el enfermo en psicoterapia, esa reubicación obligada que el médico ha de aceptar respecto al paciente y al mundo tal cual éste lo concibe, sin prejuicios. Teoría de la relatividad pura y dura, durísima.

Reconocer que haya lucidez en la mirada del enajenado es todo un clásico, un tópico que como tal, se ha ganado a pulso dicha categoría porque ser bien cierto:

“El hombre del que se dice que está engañado, en su engaño puede estarme diciendo a mí la verdad, y no en un sentido equívoco o metafórico, sino recta y literalmente, y que la mente afectada del esquizofrénico puede dejar entrar una luz que no penetra en las mentes intactas de muchas personas cuerdas, cuyas mentes están cerradas”.

¿Se puede tener más razón?

Y qué decir del sentido de la autonomía, la dependencia y el (mucho más cotidiano de lo que imaginamos) “vampirismo”. Conceptos reales que se pueden oler, respirar o tragar, todos conocemos estos casos y aterra reconocerlos en un texto escrito para informar:

“Si el individuo no se puede sentir autónomo, quiere decir que no puede experimentar ni su separación, ni su relación, respecto del otro de la manera común (…) el despego total y el aislamiento se consideran como la única opción, en vez de un apego de almeja o de vampiro en el cual la sangre vital de la otra persona se necesita para la propia supervivencia y, sin embargo, constituye una amenaza a la propia supervivencia (…) el individuo oscila perpetuamente entre los dos extremos, cada uno de los cuales es igualmente imposible”.

Plantearse la cantidad de historias que han surgido de estas ideas aburre de lo que abunda. El juego del “yo” propio con uno mismo es un asunto que engancha y que inspira ficciones como churros. Sin embargo, hé aquí realidades, casos clínicos estudiados y analizados para el deleite y la satisfacción de generaciones venideras. A mí me ha pillado unos cuarenta años después de su primera publicación y no dudo en que me acompañará por largo trecho.

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