Saul fia (El hijo de Saúl)

Saul fia (El hijo de Saúl) Lászlo Nemes, 2016

Como el comer

La horrorosa, incómoda sensación de saberse indispuesto y a punto de vomitar, desmayarse y perder el conocimiento es, para absolutamente todo el mundo, algo desagradable. A veces esto ocurre por una bajada de tensión, por pánico o ansiedad, por estar en el lugar menos oportuno en el punto del proceso digestivo menos recomendable o simplemente, por hambre. Uno sabe lo que va a pasar mucho antes de que suceda y esa certeza es sin duda, insoportable: sudor frío, luces parpadeantes, presión en los oídos y desplome general de nuestro cuerpecito allí donde a uno le toque en suerte.

El hijo de Saúl, por todo esto, podría parecerse más a un desmayo que a una película. En la agonía de su metraje, seguimos al cogote de su protagonista por escaleras, pasillos, huecos, escondites y senderos de bosque y sabemos, porque la historia del holocausto ya nos la han contado muchas veces, que todo va a terminar mal. Vemos venir ese desvanecimiento y cada segundo se convierte en un infinito lapso de sudor frío y zumbidos en la sien. No se puede hacer nada más que sostener el peso de la película sobre nuestros hombros, hasta que ésta se acaba.

Y conviene hacerlo: es absolutamente necesario.

El hijo de Saúl es una lección de cine obligada para todo aquél interesado en el vistoso mundo de hacer películas. Cualquiera se deja pisotear por morralla efectista a nada que tenga un par de horas libres de una tarde lluviosa; vamos al cine porque es un entretenimiento, sí, pero cuando uno quiere vivir de esto debe además buscar alimento y comer. El hijo de Saúl está en la base de la pirámide nutricional del cineasta.

No es sencillo hablar de una película como esta sin sentirse tentada de destripar su contenido, que sólo es uno muy claro y muy directo desde el momento en que comienza. Tengan cuidado con lo que leen por ahí: debería estar multado.

Ver El hijo de Saúl, insisto, es empezar a sentir náuseas y olor a quemado, a podrido: es viajar a un campo de concentración en el bolsillo de un judío húngaro que entiende y habla el alemán imprescindible para trabajar a las órdenes de un comando. El mismo que una servidora aprendió en un almacén de pescado de la Confederación Helvética, el del “Schneller!” y el “Jawohl!”, el del “fertig machen” y el “Du: Mitkommen”, el “Voher kommst du?” y en general, el del imperativo para cualquier ausländer.

Y así, calada hasta el tuétano por tanto sufrimiento histórico delante de mí, sintiendo vergüenza del absurdo sentido angustioso del “día malo” que una imbécil como yo pueda tener una mañana cualquiera, paso por la película desmayada e hiperventilando.

Al menos estoy un poquito más convencida de lo bien que lo hacen, los que saben hacer cine.

Aliméntense.

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