Leaving the Atocha Station

Leaving the Atocha Station. Ben Lerner; Minneapolis: Coffee House Press, 2011

Abur

Tenía ganas de terminar esta lectura. La comencé con una sonrisa y a las diez páginas ya me estaba arrepintiendo, como cuando entras al trapo con un chiste malo, algo parecido.

Así es como me cansé: me agotó la estructura repetitiva y ociosa del protagonista de esta historia, simpático extranjero al comienzo, cínico irresponsable y mentiroso compulsivo el resto de la historia. Imagino que es el precio que debo pagar por mi delito: porque el libro, lo robé.

Si bien los bares en donde los tercios de cerveza los cobran a 4 euros merecen poco a poco ir quedándose sin sillas, sin lámparas o sin libros en sus estanterías cuando resulta que los tienen, en Madrid ya sólo se encuentran precios más bajos en el supermercado y no seré yo quien anime a la gente a delinquir. Yo lo hice y me ha salido mal la jugada.

Leaving the Atocha Station es una novela que reproduce con fidelidad las circunstancias de cualquier jovenzuelo extranjero (en este caso, norteamericano) que pasa unos meses en Madrid gracias a una beca. El protagonista, Adam, es poeta pero, sobre todo, es un farsante. Por momentos resulta muy divertido asistir a sus confusiones lost in translation con el mundo que le rodea; en esos breves momentos de simpatía me ha recordado a los mejores pasajes de Sin noticias de Gurb del grandisimo Eduardo Mendoza, pero en lugar de un extraterrestre intentando mimetizarse con los humanos aquí es un norteamericano chocando con la cultura de Españita y sí, es gracioso, pero ha durado poco.

El resto de la narración va y viene entre novias a las que miente y amigos con los que se emborracha y se lo fuma todo, ratitos de soledad en los que se pasea por el Museo del Prado o por el Retiro, también bajo los efectos de algún porro y desencuentros varios con un grupo de gente a la que, en definitiva, no entiende.

Adam teme que descubran su farsa, que reconozcan que no merecía la beca que paga su estancia en la capital española pero no bajo el síndrome del impostor, justificando sus miedos en una supuesta mediocridad mal entendida por quienes le han decidido dar la oportunidad, sino con torpes reflexiones y a través de escenas que lo ponen en ridículo a sí mismo y al ambiente universitario en donde se encuentra.

El ejemplar estaba marcado con la esquina doblada de una de las páginas del primer capítulo. Siento lástima por la persona que esperaba regresar al bar y continuar con la lectura, pero también me alegro porque es una decepción que le he ahorrado.

Mejor que empiece otro o que se busque un bar más barato (si lo encuentra, que me avise).

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