Gordo de feria

Gordo de feria. Esther García Llovet. Barcelona: Anagrama, 2021

Círculo rojo

Dos unidades de un producto icónico de mi infancia aparecen en el diseño de cubierta de la última novela (o “novelita” o nouvelle, quizás) de Esther García Llovet (Málaga, 1963), se trata de dos “panteras rosas”, una delicia de la bollería industrial de los ochenta y noventa; los dos pastelillos están fotografiados uno al lado del otro, uno mordido y el otro intacto.

No me atrevería a decir que la historia quede perfectamente sintetizada con esa imagen pero, desde luego, creo que la idea roza la perfección. Diré por qué:

Luis “Castor” es un humorista gordo y untado de pasta que un día conoce a un camarero triste y simplón con quien comparte un increíble parecido físico. La cosa se lía y la aventura se sirve a golpe de situaciones sin pies ni cabeza que se agolpan una detrás de otra hasta el desenlace.

El absurdo que plantea la autora se asemeja al de Eduardo Mendoza: un héroe/antihéroe que persigue su salvación y emprende la aventura a través del desastre y la casualidad en un mundo castizo, madrileño, de barras de bar grasiento y barrio obrero:

“Se queda un rato por Usera; no sabe por qué, espera encontrarse con una plaza de toros por aquí. Hay prados, hay gallinas y hay chinos de tercera generación ya, con reconocimiento de huella. Pero plaza de toros ni una. Coge el metro. Son cuarenta mil estaciones hasta llegar de nuevo a Occidente. Al salir en la estación de Gregorio Marañón, el torniquete se cierra antes de tiempo y se queda allí pillado. No puede ni entrar”.

Desde luego que si no es perfecto lo de las panteras rosas es por que a lo mejor era preferible recurrir a dos bollitos de la marca “Círculo rojo”, del mismo fabricante pero con mucho menos caché, más de estantería de supermercado de fondo de pasillo, que no de la primera fila de cajas. Menos vistosos y más cutres, sin duda.

Una lectura para reírse a trozos, que se despliega como un monólogo de “stand-up” americano, con frases breves disfrazadas de aforismo y también con diálogos simples, comunes y cotidianos como un pastelito de crema del supermercado.

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