Los Pazos de Ulloa

Los Pazos de Ulloa, Emilia Pardo Bazán, 1886. Madrid: Alianza, 2004

Lo que la naturaleza esconde

“Y así pasa el tiempo, con uniformidad, sin dichas ni amarguras, y la placidez de la Naturaleza penetra por el alma de Julián: piensa más en lo que le rodea, y se acostumbra  a vivir como los labriegos, pendiente de la cosecha, deseando la lluvia o el buen tiempo como el mayor beneficio que Dios puede otorgar al hombre, calentándose en el lar, diciendo misa muy temprano y acostándose antes de encender la luz, conociéndose por las estrellas si se prepara agua o sol, recogiendo castaña y patata”.

Si La madre Naturaleza, publicada un año después, es una continuación de esta novela no parece casualidad que la autora escogiera este título, animada tal vez por la fatal imposición de los acontecimientos naturales en la vida de las personas que determinan, inevitables, su devenir. La vida sucede y las personas evolucionamos en nuestro camino al ritmo que impone esa naturaleza que nos ha parido.

Los Pazos de Ulloa, ejemplo de ese naturalismo que rompía y rasgaba a finales del siglo XIX y que parecía insultar a los románticos con sus insatisfacciones y anhelos espirituales de índole superior es una historia de un paisano, un capellán que no ha hecho mal a nadie y asiste a las desgracias ajenas como testigo pero que, aunque trata por todos los medios de no implicarse, acaba pringando las consecuencias y tomando parte. No hay santos ni inocentes en este argumento pero sí un rudo retrato de las injusticias derivadas del caciquismo y las víctimas consecuentes: política amañada por ricos que no saben tratar asuntos de Gobierno y clases sociales empobrecidas que no levantan cabeza por culpa de estos señores empeñados en gobernarlos.

Emilia Pardo Bazán, señora sabia y decidida, conocedora del mundo aristócrata al que pertenecía desde la cuna corta con un cuchillo el espacio que podían compartir los personajes pobres y los ricos, los del pueblo y los de la ciudad y en cada uno de ellos, a su vez, traza parcelas en donde se dan cabida las cuitas de los hombres y las de las mujeres, recovecos de culebrón, aventurillas que, al fin y al cabo, puede esconder la Naturaleza.

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