Concurso de historias sobre nuestros héroes #NuestrosHéroes

Son días para participar en concursos como el que propone www.zendalibros.com así que aquí vamos:

Superman

Jacobo se arrastra por el parquet. Lleva una hora desperdigando piezas de su desmontable y el suelo ya no le parece una superficie estimulante para levantar torres de control, buques de carga ni garajes verticales. Ahora él rueda hacia la alfombra y su pijama de la patrulla X se le enrosca en las rodillas: hace dos días que no se lo cambian y a nadie parece importarle.

A su lado, sentada en el sofá de dos plazas, su hermana Teresa ojea una revista, pasa las páginas y se detiene en párrafos que antes no le habían llamado la atención para leerlo todo y rebañar las frases. Apura los contenidos como si fueran los últimos.  Tal vez lo sean, quizás no se vuelva a publicar más prensa en un tiempo, no se sabe cuánto. Se fija en una fotografía a doble página aunque no atina a discernir de qué se trata: es un anuncio de una nave, un prototipo futurista. Teresa abandona la revista sobre el sofá.

Cae la tarde y es casi la hora en la que la madre se dispone a preparar la cena: unas barritas de merluza empanadas que van del congelador a la freidora, una ensalada de tomates y queso fresco, unos yogures de limón para quien le apetezca postre. La tortilla francesa fue ayer y la carne tocará mañana, conviene no repetirse, es preferible no caer en la rutina y todo debe estar listo antes de las ocho porque los aplausos no se los saltan nunca, es el momento más divertido del día, sobre todo para el pequeño Jacobo y ¿quién puede quitarle la ilusión a un niño de cinco años?

─¡Mamá, corre! Hay un señor en el tejado ¡mira!

Virginia retira las barritas de merluza de la bolsa y las deja en una fuente mientras se calienta el aceite. Sale de la cocina para ver a qué se refiere su hija con ese grito.

─Cuidado, no salgáis ¿me has oído, Teresa? Cierra la ventana ─Para cuando llega al salón los dos están asomados, el pequeño mete la cabeza por los barrotes, quiere ver mejor lo que sucede en un edificio a lo lejos, en uno de los bloques de enfrente donde, al parecer, un hombre se ha subido a la azotea. Virginia les llama nerviosa ─¡Teresa! que cierres la ventana ¿cómo tengo que decirlo?─. Da un par de zancadas y toma al pequeño por los brazos para arrastrarlo hasta el interior del salón; su hija, mientras tanto, retrocede unos pasos y cierra la ventana obediente.

─Sólo queríamos ver qué pasaba. Los vecinos hablaban y he pensado que se trataba de los aplausos pero todavía queda un cuarto de hora para que empiecen─. Teresa se justifica por haber salido antes de tiempo al balcón, por permitir en un descuido que su hermano pequeño se encaramara a los barrotes─ Jacobo no ha hecho nada.

─Pues si no ha pasado nada haz el favor de tener más cuidado que éste se nos escapa─. Virginia revuelve el pelo al pequeño y regresa a la cocina en donde el botón de la freidora indica que ha alcanzado la temperatura correcta y ha pasado del rojo al verde.

─Poned la mesa que ya está casi lista la cena y no hagáis caso, seguro que se trata de un técnico de la antena o un electricista que vendrá reparar algo.

Los dos hermanos llevan cubiertos y vasos al comedor; en cada viaje desde la cocina aprovechan para lanzar miradas furtivas a través de la ventana. El jaleo de los vecinos es cada vez mayor y aunque Jacobo ya está entretenido ayudando a su madre, Teresa aprovecha para fijarse: no le parece un operario, es una silueta más grande que la de un hombre con uniforme de trabajo y parece que vaya envuelto en algo, una especie de manta. Tiene los brazos cruzados bajo el pecho como si vigilara.

Cuando por fin dan las ocho y la mesa está puesta salen los tres al balcón para sumarse a los aplausos de cada tarde. Teresa toma a Jacobo de la mano para que el chiquillo no trepe por la barandilla y la hermana mayor observa al misterioso personaje de la azotea. Se oyen comentarios a ambos lados de la calle, algunos preguntan y otros increpan al desconocido pero él no se mueve.

─Mamá ¿es un pájaro? ─El dedo diminuto de Jacobo señala la figura del tejado mientras pregunta.

Teresa no sabe qué responder e inicia sus aplausos. El niño la sigue y pronto toda la calle se funde en la ovación diaria.

Virginia se ha retirado y regresa al salón para tomar de nuevo la revista que había dejado sobre el sofá abierta por la fotografía a doble página de la nave; la mira y murmura para sí “es un avión”.

En ese momento un murmullo de llaves al rozar la cerradura la saca de su ensimismamiento; la puerta de entrada se abre y aparece su padre. Sonríe al retirarse la mascarilla en cuanto ve a Teresa en mitad del salón. Saluda a su hija con la mano, deja el abrigo en el perchero de la entrada y de un puntapié se desprende de los zapatos y les pasa un trapo húmedo por la suela antes de quitarse también los guantes de vinilo y tirarlos a la basura. Ella le devuelve la sonrisa y lo saluda, sigue a su padre con la mirada mientras él camina hacia el baño para lavarse las manos.

─¡En el hospital hemos dado de alta a otros dos! ─Grita el padre al otro lado del pasillo mientras corre el agua del grifo.

Una lágrima de alegría y esperanza se asoma en el rostro de Teresa que vuelve la vista por última vez a la azotea en busca de la figura robusta envuelta en su capa, pero allí ya no hay nadie vigilando.

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