Últimas tardes con Teresa

Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé. Barcelona: Random House, 2010

La belleza amueblada

En sus orígenes el Premio Biblioteca Breve se concedía a jóvenes autores con cuya obra se aspiraba a contribuir a la renovación de la literatura europea del momento, decían; en 1965 dieron el premio a una novela que arranca casi diez años antes, lejos de todo en cuanto a voces, tramas, mensajes y conclusiones. Últimas tardes con Teresa es una de las más grandes historias de la posguerra, decían.

Hoy, de la novela de Juan Marsé se sigue pensando lo mismo.

Contada por un observador externo que se mete en el bolsillo al lector desde el primer párrafo y a ratos, también por voces interiores de sus personajes, Últimas tardes con Teresa sube y baja continuamente de la sociedad burguesa y pudiente a lo más bajo de un arrabal ubicado curiosamente en lo alto de una montaña, entre barracas y descampados: de San Gervasio al Carmelo y de ahí a la playa de Blanes que se reserva a los ricos, a los pijos en esa Cataluña de posguerra y franquismo tan añeja ya.

Y el Pijoaparte.

El personaje protagonista, Manolo Reyes, recibe un mote que llega a definir a toda una estirpe de chulos delincuentes y canallas de atractivo indiscutible pero también patéticos rebeldes que tenían demasiada causa para serlo: pobres inmigrantes que buscando un trabajo topaban con los medios menos adecuados para conseguirlo.

Y Teresa.

La bonita niña bien que adopta una pose de concienciada con la causa política contraria al régimen de Franco, la muchacha que vive de verano en verano y de curso en curso de la Facultad tonteando con el gran riesgo de su generación, el que suponía perder la virginidad antes de tiempo o quien fuera más inconveniente.

Últimas tardes con Teresa es un motivo para admirar a los buenos escritores, esa gente capaz de conducir al lector hacia el interior de sus propios recuerdos y sus creencias con una simple o elaboradísima ficción. Esa gente.

Una novela en la que la luz se derrama sobre cajas y algunas chicas van más “amuebladas” que arregladas; un retrato de clases sociales incompatibles que se empeñan en mezclarse y que tuercen la vida de los que menos culpa tienen, como sucedía antes y como sucede ahora.

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