Mujercitas

Mujercitas. Greta Gerwig, 2019

Perspectiva (de género)

No hay navidades suficientes en esta vida para abarcar las veces en que nosotras (o nosotros) nos dejamos caer frente al sofá para ver una vez (y otra y otra) cualquiera de las adaptaciones al cine que hay de Mujercitas. Ciento cincuenta años después de la primera publicación del libro de Louisa May Alcott llega Greta y le da la vuelta al clásico.

Greta Gerwig (Sacramento, California, 1983) consigue con el guión y la dirección de su Mujercitas que la historia tantas veces contada de esas hermanas con perspectivas opuestas sobre sus vidas nos parezca nueva o, al menos, lo bastante fresca y renovada como para sorprendernos.

Ella dice que es una obra “cubista”; sugiere interpretar los textos de 1868 y 1869 como el relato de una multiplicidad de puntos de vista en la misma historia, a la vez, como los cuadros de Braque o Picasso. Esas hermanas quieren cosas diferentes, aspiran cada una a un objetivo distinto y sufren por motivos que poco tiene que ver entre sí y todos se dan al mismo tiempo. Para transmitir ese efecto, ese golpe visual equívoco y algo confuso pero simultáneo, la directora se atreve con saltos temporales que hasta ahora no se habían contemplado en ninguna de las adaptaciones y logra, con ello, lo que se propone: la ruptura y la vanguardia misma.

Con el final nos quitamos el sombrero.

Mujercitas es, igual que lo fue Ladybird, un trabajo de autora, un ejemplo de dirección a la manera única y genuina de Greta Gerwig, con todo el carisma y encanto personales que desprende en sus interpretaciones aunque, tal vez, le sobre o tropiece contra esa chispa atractiva que la envuelve por completo, la aparición de Emma Watson. A mí, desde luego, me sobra del todo.

Jo y Laurie, como ya sucedía en las anteriores adaptaciones, sostienen el eje argumental pero no son sus trayectorias las más interesantes de la trama y desde luego, no es su romance accidentado lo que mantiene al espectador atrapado a medida que avanza la película. Son Saoirse Ronan y Timothée Chalamet quienes embaucan al espectador y es, por encima de ellos, Florence Pugh quien arrasa con todo y demuestra que tanto infantil y caprichosa como adulta y madura, un mismo personaje puede convencer a sus espectadores.

¿Feminismo? El de Greta sí, el que pone en boca de Jo, desde luego, el que escribió Alcott mejor llamémoslo rebeldía, irreverencia o extrañeza de la época.

Según cómo se mire.

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