Una habitación propia

Una habitación propia. Virginia Woolf. Trad. Laura Pujol. Barcelona, Seix Barral: 2016

Una habitación propia de Virginia Woolf con Clara Sanchis. Versión y dirección de María Ruiz.

Más allá de la jaula

No tengo ni idea de si a Virginia Woolf le habría gustado o no, ver su texto convertido en monólogo teatral, pero me atrevo a decir que el hecho de incluirlo en un ciclo titulado #femeninoplural la habría cabreado bastante.

El teatro Pavón Kamikaze desarrolla hasta enero de 2017, “un programa especial que aúna voces clásicas y contemporáneas, femeninas y masculinas, con el objetivo de analizar y debatir la situación de la mujer en el siglo XXI”, dicen ellos mismos. A mí me parece bien, porque hace falta.

A Virginia dudo mucho que le hubiera gustado.

Si algo llama la atención del lector de su ensayo, de sus conferencias para sendas sociedades literarias recogidas sin recortes en un sólo texto, es la capacidad de digresión que ostenta su autora. No es casualidad y tal vez, sea la mejor manera que encuentre de expresar eso que quiere decir, ese asunto para el que le han pedido que hable en dicha conferencia: “las mujeres y la literatura”.

Virginia Woolf, miembro de la sociedad acomodada londinense que vivió a caballo entre las dos guerras mundiales, que se rodeó de uno de los círculos artísticos más revolucionarios, exquisitos y excéntricos de su época -el de Bloomsbury- y que como genio que era, optó por suicidarse, habla de feminismo.

Con honestidad, asegura que el dinero es imprescindible para poder escribir y que las mujeres, privadas de la autorización para poseerlo hasta bien avanzado su siglo, no han podido vincularse a la literatura en la misma medida que lo han hecho los hombres.

Mujeres como objeto de estudio, apartadas, debatidas; mujeres como excepción que ha de controlarse, guardarse o mantenerse “cercadas”; mujeres que existen para ser madres y mujeres, en definitiva, diferenciadas de los hombres.

Virginia explica y se deshace en entusiasmo tratando de transmitir su idea de que no hay tal diferenciación, no debe haberla si se quiere dar voz a quien ha callado durante siglos de Historia. Virginia Woolf sale de la jaula de la que hablaba Nabokov de la mejor manera posible y por eso se dispersa y se recrea en detalles a veces cómicos, otras crueles y sarcásticos, porque se resiste a hablar de algo “etiquetado”.

Acudo al Teatro Pavón Kamikaze ilusionada por la recomendación de una sabia consejera. Porque yo “tengo que verla”, yo que sí, señores: tengo la inmensa suerte de poder escribir en una habitación propia.

Siento una profunda impresión por el trabajo de Clara Sanchís, que sube y baja del texto, acelera, se para, toma curvas y llega a su meta agotada. Aplaudo. Aplaudo mucho aunque, con la lectura del ensayo fresca en mi cabeza en fácil disfrutar del proceso.

Algo me dice que a Virginia, no le habría gustado ver su texto ahí, dentro de la lista de obras escogidas “que se proponen analizar y debatir la situación de la mujer”.

Algo me dice que dicho gesto es contraproducente, aunque quizás, me equivoque.

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