Nunca me abandones

Nunca me abandones. Kazuo Ishiguro; trad. Jesús Zulaika; Barcelona; Anagrama; 2005

Educando a pinocchios

Es importante saber quienes somos, para qué hacemos lo que hacemos y a dónde van a parar nuestros esfuerzos en la vida, pero casi nunca lo sabemos a ciencia cierta. Es por esto que la ficción, la ciencia y a veces incluso ambas cosas se siguen empeñando en descubrirlo, explicarlo o inventarlo, según sea el caso.

En un futuro no muy lejano (esperemos) llegará a nuestras pantallas la película de Mark Romanek basada en la novela Never let me go de Kazuo Ishiguro, autor entre otras curiosidades del premio Booker de 1989 The Remains of the Day. La fábula moral sin moralina que es en definitiva este relato, asegura que de hecho, no sólo ignoramos el destino real de aquello a lo que volcamos nuestro trabajo en la vida sino que también aceptamos de buena gana que nos sea desconocido y que alimente esperanzas que sabemos (o intuimos) que son falsas, mirando al pasado con más frecuencia de la que debiéramos y avanzando hacia el futuro sobre el camino marcado por los que llegaron antes que nosotros.

Ante semejante planteamiento, podría concluírse que la novela de Ishiguro es un canto al desencanto volutario con que sostiene su existencia todo ser humano, si no fuera porque sus protagonistas son clones, con corazón, pero poco más que muñecos vivientes al servicio del hombre de carne y hueso.

Tanto si los androides sueñan con ovejas eléctricas como si no, lo cierto es que el cuestionamiento del alma de un objeto creado a imagen y semejanza de un humano ha estado presente en la literatura desde hace ya un tiempo, más que lejano… y lo que le queda.

Pero no es la originalidad el rasgo más destacable del texto: una historia conmovedora que no pierde de vista ese punto de vista tan poco digno de confianza como es el del narrador en primera persona, el personaje intradiegético que se pasea por la trama de los acontecimientos que relata y que ofrece al lector la doble posibilidad de creerlo o no, porque los recuerdos son imborrables, emotivos y cualquier cosa menos objetivos.

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