50 sombras de Grey

Cincuenta sombras de Grey. E. L. James; trad. Pilar de la Peña Minguell y Helena Trías Bello; Barcelona; Grijalbo; 2012

Un cuenco vacío

¿Conocen la reflexión budista consistente en imaginar que uno es como un bol que no contienen nada? ¿reconocen el estado de la mente que persigue la indolencia absoluta, la falta de afectación ante estímulo externo alguno? ¿algo de esto les suena? ¿sí? pues están preparados para leerse esta bomba de relojería comercial que irrumpe en nuestras librerías en forma de trilogía guarrilla y para tías.

La primera entrega de la saga, Cincuenta sombras de Grey es el aperitivo de lo que será probablemente la novela más comentada e intercambiada entre lectores de verano, de vacaciones y de momentos de ocio en general. Se trata del primer volumen de una larguísima trilogía que se ventila pronto y no porque esté especialmente bien escrita. Me lanzo a la piscina y opino que la autora sabe enganchar a sus “víctimas de lectura” pero que de sensibilidad o capacidad creativa tiene más bien poco. Ojalá yo supiera contar como ella tonterías tan bobas como las que ella escribe, entre otras cosas porque tendría una forma más bohemia y vistosa de ganarme la vida que como lo hago actualmente, pero no es el caso (mecachis…). Creo que uno se lo pasa muy bien leyendo este panfleto guarrindongo, punto y final. No es un gran libro.

Otro asunto es el de la mercadotecnia con que llega bien envuelto y precintado: “usted, hembra liberada, leerá este libro y disfrutará con él en la misma medida que Carrie Bradshaw con su consolador” (me lo acabo de inventar, pero les juro que es más o menos lo mismo que se lee por ahí en los trípticos de las librerías). Interesante, sí. Por mi parte, que reniego de la columnista huesuda (y hortera) de Nueva York como de la peste o el fútbol, encuentro que esta novela es un entretenimiento morboso y nada más, que no me la sirvan en bandeja para féminas en busca de la seguridad perdida porque no: no se encuentra la reafirmación como mujer siendo una petarda grosera que habla de sexo con la boca llena de cupcakes. Opino. Por eso tampoco me parece que la historia de una jovencita inexperta respecto a los hombres, que se deja seducir y someter por un macho machista buenorro y multimillonario sea algo útil para sentir que una es una mujer libre; tal vez sirva para todo lo contrario.

No lo piensen y disfruten, si les apetece.

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