Mi hermana Elba y los altillos de Brumal

Mi hermana Elba y Los Altillos de Brumal. Cristina Fernández Cubas. Barcelona: Tusquets. 1988

Confitura extra

Cristina Fernández Cubas tiene buena mano para contar asuntos inquietantes. Ella introduce la atmósfera, dibuja al personaje con su propia voz y logra dar el salto desde esa primera persona a la persona del lector, con sólo aplicar unos buenos cortes en lugares oportunos. Ella, dueña y señora de sus historias, interrumpe las acciones cuando lo considera pertinente y no se equivoca: no yerra en absoluto con ninguno de sus tajos.

Me encontré con su Ángulo del horror por un azar del destino, una casual coincidencia de cuando tuve a bien leerme esta antología y desde entonces, he vuelto a leerla por propia voluntad, empujada por el hambre de infancias maltratadas y terrores bien tratados que tan bien cultiva ella en sus escritos.

A ella la he oído hablar de su oficio, explicando los mecanismos que coordinan su manera de trabajar cada cuento, cada invención escrita. He escuchado sus alabanzas hacia otros y sus reflexiones sobre lo bueno y lo malo de lo que ha ido dejando por escrito al cabo de los años. No se muerde la lengua: ella cuenta lo que conoce y anima a que otros sigan trazando todo aquello que vayan conociendo, mediante cuentos de tipo fantástico, según ella, los más pegados a la realidad que hay.

No me olvido de esa otra ocasión en la que me di de bruces con una novela que nada tenía que ver con las expectativas que yo me había forjado: sus Cosas que ya no existen me descolocó, me despistó mucho. Pero no por ello he decidido abandonarla y de nuevo, a ella acudo en un momento como el que vivo ahora mismo, entre medias y no sin ciertos miedos e incertidumbres.

Mi hermana Elba y Los Altillos de Brumal son dos antologías recogidas en un único volumen. Coinciden en ellas una serie de narradores que son protagonistas de las extrañas cosas que en ellos se cuentan y en todas, cuanto sucede está juiciosamente troquelado: se le quitan las explicaciones a lo raro, se suprimen los relatos aclaratorios de cada escena, que es en definitiva casi imposible de explicar.

Un niño que ha sido instruído en un lenguaje que es castellano pero que disocia los signifcados de sus significantes, que vive aislado, escritoras “vampirizadas” por sí mismas o por alguno de los personajes que para ellas se han creado, unas hermanas condenadas a separarse y la particular narración de dichos acontecimientos plasmados en el diario de una de ellas, un reloj que responde a leyes y mecánicas que no son lógicas ni naturales. Mermelada de fresas.

Confitura extra.

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