Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción

Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción. Jorge Volpi; Madrid; Alfaguara; 2011.

Living in the material mind

“Sólo soy yo si soy en los demás” asegura Jorge Volpi en la penúltima línea de su ensayo. Si yo pudiera comunicarme con él, le diría que tras haber leído su libro, puede estar contento de “ser su yo” porque en mí ha sido bastante. Intensa y motivadora lectura que ha sido, sí señor.

Me aferro a las palabras de este libro como un bien preciado del que no quiero desprenderme en mucho tiempo. Me gusta estar de acuerdo con lo que leo y no es algo que me suceda muy a menudo (¿será buena señal? ¿de qué?) es por esto que en las contadas ocasiones en que pasa, me pasa que lo celebro en un entusiasmo tal vez desmesurado -o impropio de una dama-.

No es por sus citas, sus lúcidas sentencias sobre la realidad de los datos que nos rodean y el proceso de almacenaje y aprovechamiento que de los mismos hace el cerebro a cada paso mental que da a lo largo de su vida, no. Sus citas están muy bien, pero no es por ellas que me ha caído en gracia este libro:

“Todo el tiempo, a todas horas, no sólo percibimos nuestro entorno, sino que o recreamos, lo manipulamos y lo reordenamos en el oscuro interior de nuestros cerebros – no sólo somos testigos, sino artífices de la realidad-“.

[pp. 16]

“Sólo los más ambiciosos y los más cínicos empresarios, agentes y creadores tienen la desfachatez de defender a ultranza los derechos de autor. Las ideas son un patrimonio común -todos somos piratas-“.

[pp. 102]

“Cada uno de nosotros está formado por los genes, las ideas, los gestos y los movimientos de nuestros padres, nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros personajes favoritos del cine o de la literatura -e incluso de nuestras mascotas-. Y aun así nos creemos únicos”.

[pp. 152]

Repito que no, no son sus “frasecitas mágicas” lo que me ha cautivado en el ensayo, sino su capacidad para hacer que una mendruga como yo atienda ensimismada a las explicaciones del funcionamiento de la máquina cerebral, tan semejante y tan lejana a la vez de las maquinitas cotidianas también llamadas ordenadores. El hombre explica quienes fueron Alan Turing o John von Neumann sin otra meta que hacerse entender. Y lo consigue.

A mí me queda claro que la definición de conciencia propuesta por Daniel Dennett como semejante a una computadora aunque “vuelta sobre sí misma” es discutible, pero cuaja bien. Que nuestras neuronas, al actuar en paralelo (y no en serie como lo hacen los ordenadores) se defienden mejor ante esos “desafíos evolutivos” con los que el transcurso de las generaciones parece amenazarlas. Que de pronto esas ideas se repliegan y se hacen autorreferenciales y que entonces es cuando brota la conciencia, el “yo” y en consecuencia, el “fluido de consciencia” literario.

Con eso me ha calado.

O sea que de la literatura se alimentan nuestras mentes, lo sabemos pero además es a la literatura adonde regresan para evolucionar.

La ficción y el arte de la misma no es inútil, es de hecho muy provechosa: el cerebro humano no asiste impasible a la realidad que le rodea y en la cual habita, sino que la construye constantemente por medio de ficciones y por tanto, la ficción no sera un mero entretenimiento y sí una forma mediante la cual el cerebro se experimenta como si fuera otro, para seguir evolucionando. La leche.

Además habla de pasada, con cariño y sin rodeos de una de las más grandes y más originales películas del cine norteamericano de los últimos diez años, la hermosísima historia de amor escrita por Charlie Kaufman, Michel Gondry, Pierre Bismuth, Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004) para referirse al mecanismo de la memoria y la habilidad que tenemos de recordar tirando del hilo de los momentos “clave” de nuestro pasado. Cuantos más tengamos, cuanta mayor importancia demos a aquellos que hemos protagonizado (adecuándolos a nuestro parecer, que para eso son nuestros), mejor nos irá al recordarlos y más grande será el fondo de armario de nuestra memoria.

Y no sabía quien era Douglas Hofstadter, pero ahora me quedo con ganas de encontrarme con su Gödel, Escher, Bach. An Eternal Golden Braid y de paso, leerlo.

Que sí Volpi que sí: eres bien tú siendo en los que son como yo ¿contento?.

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