La dama de blanco

La dama de blanco. Wilkie Collins. e-artnow, 2013

Lady into nuts

¡Ay, la locura femenina! Qué buenos momentos nos hace pasar el trastorno mental en las hembras ficticias, heroínas incomprendidas, cuerdas subjetivas, relativas y parciales, personajes especiales que dan lugar a historias descalabradas o muy bien centradas, interesantes. Bien lo sabe esta observadora de cine y lo demuestra en su blog, en un estudio (aquí) que me permito el capricho de recomendarles, porque está muy bien explicado y porque ridículo sería que yo añadiera nada al asunto. Es estupendo, no se lo pierdan.

Decía que hay damas en narraciones que pierden la cabeza y con ello ganan interés en los acontecimientos que van sucediéndoles desde ese momento y en adelante. Las locas gustan y este caso, el caso de La dama de blanco de Wilkie Collins, no es excepción: se juega al punto de vista subjetivo y gana la partida el cambio de narrador, que va saltando de uno a otro testimonio y abarcando una suma total de diarios, notas personales e informes oficiales que sin embargo, no complican la comprensión del resultado sino que lo simplifican.

Comencé la lectura de La dama de blanco a mediados del pasado mes de julio, por recomendación en este otro blog y lo terminé ayer, casi dos meses después, que no es poco pero que también les confieso que no es más de lo que me ha llevado acabar una partida virtual de Trivial con mi madre… pero esa es otra historia.

Entre medias, se colaron en mi camino dos fantásticos descubrimientos de su majestad Gerbrand Bakker, que como ya he comentado en entradas precedentes, no voy a repetir, pero que les perdono la intromisión con la seguridad de que el señor Collins no me lo tendría en cuenta.

Pero centrándome de nuevo en esta historia, hago balance y me doy cuenta de que me ha parecido muy moderna para la época de la que habla y el tiempo en el cual fue escrita; los personajes son a veces ácidos como la piel del limón y por momentos, los diálogos entre ellos parece que tomen vida paralela, hagan a éstos salirse del párrafo correspondiente y se monten sus propia historia al margen del argumento, del narrador y por supuesto, también del lector.

La trama da muchas vueltas pero no llega a marear por lo coherente de su desarrollo: hay sorpresas pero encajan con el carácter y los comportamientos de los protagonistas. Es magnífico perderse y encontrarse entre las indecisiones e incertidumbres que atosigan a Walter Hartright, desde que arranca con modestia su relato de dibujante hasta que concluye sus aventuras en la mansión de los Fairlie; porque además de cierta mujer algo trastornada, sus objetivos se verán condicionados por incompetentes abogados, abnegados doctores y la mismísima orden masónica de Rosacruz, a la cual difícilmente un digno amante del misterio y el enigma, podrá resistirse.

Mi consejo es que no lo hagan.

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