El poder en la sombra

The Ghost Writer, Roman Polanski, 2009; The Ghost, Robert Harris, 2008. El poder en la sombra, trad. Fernando Garí Puig, Barcelona, Mondadori, 2008

Espectro de un lector

De no ser por la existencia previa de cierta novela también llevada al cine recientemente, podría considerarse que al argumento que sostiene la última película de Roman Polanski le iría mejor el título de El lector, y no sólo porque su protagonista invierta más parte de su tiempo leyendo y descubriendo secretos, que traspasando a la escritura aquello sobre lo que ha investigando, sino porque la historia describe de un modo sorprendentemente fiel lo que viene siendo el oficio de “lector” para una editorial. A mayores está la trama de conspiraciones políticas y crímenes organizados, pero quizás esto no sea lo más importante.

Roman Polanski trabaja en esta ocasión sobre terreno perfectamente abonado y parcelado para el cultivo de su producto, y es que destaca la novela de Robert Harris, por el tono sarcástico y el humor típicamente negro de las películas más conocidas del director. Que además se trate del mismo autor de la novela Pompeii (Barcelona, Mondadori, 2004) proyecto cinematográfico que Polanski abandonó debido a los constantes retrasos en su producción, no es casualidad: aquí nos conocemos todos.

Se inicia la película con un recurso estilístico habitual en las obras de Polanski: la alusión a aquello que no encaja con el contexto en el cual se inscribe. Los operarios de un transbordador descubren con sorpresa que hay un coche que no ha efectuado la maniobra de salida y que permanece inmovilizado en el interior de la nave, porque no hay conductor. Si lo que se pretende es colar el primer impulso del miedo en el espectador, precisamente por el desconcierto ante lo que se está viendo, nadie mejor que Polanski para darle forma en la pantalla (absténganse de comparaciones los seguidores de la “fe Hitchcockiana”, porque esto es harina de otros costales). Todo lo que se proyecte a continuación no va a ser más que un paseo junto al protagonista, (y acomodado dentro de su modo de pensar la realidad) que efectuará el espectador de camino a la resolución del enigma, hasta que el final los deje a todos con la boca abierta, como de costumbre.

Por su parte, Robert Harris da muestras de conocer bien los gustos y preferencias de su colega director al hilo de la lectura de su texto The Ghost. Se sabe que varias de sus películas están basadas en novelas, las cuales tienden a seguir un patrón similar consistente en un protagonista no especialmente “heroico”, que se ve forzado a salir del espacio cotidiano de donde procede para desenvolverse en otro, en donde algo extraño va a suceder, y cuya explicación racional no sea probablemente la más interesante de aceptar. Se dice por ahí, que al Señor Roman no le agrada especialmente que sus seguidores se refieran tan sólo a Rosemary’s Baby, cuando tienen que comentar algún aspecto de su filmografía en general. Definitivamente, no se trata de la única, ni tan siquiera de la más representativa de sus creaciones respecto a este tema (a saber: el efecto siniestro) pero no está de más que se mencione.

En algunos aspectos, The Ghost Writer parece que “complementa” a la perfección la intención de Robert Harris a la hora de narrar una historia de sospechas que rozan la paranoia. Resulta muy significativa, por ejemplo, la comparación que el narrador en la novela establece entre la ubicación de la casa de Rheinhart y “el fondo del mar”. Polanski logra visualmente el mismo efecto, integrando la mansión con la playa que la rodea, gracias a la colocación de paredes acristaladas en el edificio, que dejan ver el paisaje de arena y plantas meciéndose al viento, como lo harían las algas en las profundidades marinas.

Y es que el agua recibe en la filmografía de Polanski unas connotaciones especiales y características. Es por esto que se enriquece enormemente el efecto siniestro de la historia, con la explicación del tipo de tortura practicada secretamente por la CIA (“tabla de agua”) en relación a los comentarios que el personaje de Emmet sobre lo angustiosa que debe de ser la muerte por ahogamiento, cuando éste le menciona la manera en que fue hallado el cadáver de su predecesor. Una vez más, el mar y el agua como elemento perturbador, al igual que en Chinatown, donde es motivo de conspiración política; Repulsión, en donde la presencia de un ahogado (que nunca llega a verse) es sin duda lo más inquietante del argumento; la lluvia que persigue a la protagonista de What? y la fuerza a llegar hasta el extraño hotel; el sueño alucinado de Rosemary a bordo de un yate en Rosemary’s Baby; el océano al otro lado del camarote en donde se desvelan los secretos de la pareja protagonista de Bitter Moon y, por supuesto: el mar de donde surgen los dos hombres portadores del armario, que dan título al cortometraje más famoso de Polanski.

No obstante, se trata de un ejemplo más que ilustra el gusto de Roman Polanski por autorreferenciarse en cada uno de sus trabajos.

Importante es reparar en que el personaje central, narrador en primera persona de la novela de Robert Harris y protagonista del film, interpretado por Ewan McGregor, no es nombrado en ningún momento, como sucedía en clásicos también llevados al cine, de la talla de The Turn of the Screw o Rebecca; lo cual no quiere decir que dichos personajes no tengan nombre, pero sí que se trata de un dato que no es esencial para la historia. En el caso que ocupa estas líneas, concretamente, se trata del “ghost writer” de otro personaje que irónicamente, escoge referirse a él como “man”. Tan poco importante se pretende que sea, efectivamente, no sólo el oficio de negro, sino también el de lector: poderosos obreros en la sombra, que consumen las literaturas de otros en tiempo récord antes de que salgan a la luz comercial y al alcance del consumidor. Extenuante labor, sin embargo, la del lector profesional, que por procedimientos diagonales y de asociación de ideas debe ser capaz de sintetizar la calidad de un texto, que seguro que no fue escrito con vistas a tan superficial tratamiento de su contenido.

Se agradece el gesto Roman: muchas gracias.

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