Diez gansos blancos

Diez Gansos blancos. Gerbrand Bakker. Trad. Julio Grande. Barcelona: Rayo verde, 2013.

Una sonata fantasma

Esa figura del extranjero que llega a un lugar al que debe adaptarse, en donde es desconocido para los escasos vecinos y del que apenas se aportan informaciones personales, tiende a provocar en el seguidor de un relato una curiosidad que va creciendo en la misma medida en vayan conociéndose los enigmas del presente de dicho personaje. Es un recurso que alimenta el interés por el texto y que si está bien resuelto y administrado en cautas proporciones, conlleva el éxito definitivo de la lectura.

Así llega Emilie al pequeño pueblo galés en donde se ambienta Diez gansos blancos, misteriosamente. Su estancia no admite justificaciones, porque no hay una motivación exacta: allí se ha instalado, allí pasará sus días y allí van a transcurrir los acontecimientos que alimentan esta historia; pero nada es dejado al azar.

Uno de los rasgos que confieren mayor atractivo a esta novela, posiblemente sea su ambigüedad y el fuerte carácter simbólico de su pintura de situaciones, de personajes, de interrogantes. Se lee y con ella se da uno un baño entre aguas que no están limpias del todo, pero en las que sin embargo da gusto sumergirse y bracear.

Tremendamente estética, Diez gansos blancos recurre a la descripción de lo extraño y lo obsesivo como hilo conductor y justificación de las motivaciones en sus personajes: una mujer estudiosa de la poesía de Emily Dickinson, con tendencia a apagarse y marchitarse; un marido que la persigue obcecado y constante; un joven en el punto de mayor frescura y agitación vital, en la flor de su vida; una viuda ausente; un granjero demasiado presente… diez gansos blancos y un perro.

Todos ellos simbolizan algo, están ligados a un mensaje que el lector debe descifrar o por el contrario, permitir que lo emborrone todo y lo confunda hasta la última línea.
Gerbrand Bakker (Wieringerwaar, Países Bajos, 1962) acude a un estilo de narración que camufla a una tercera persona en el “stream of consciousness” de sus personajes: un estilo indirecto libre perfectamente disimulado y disfrazado de pensamiento, de reflexión. Al lector le parece “saber” lo que discurren las mentes de los personajes y olvida que hay una voz que las transcribe para él, un mediador, un filtro. Un ejercicio complejo y cuidadosamente traducido al castellano por Julio Grande. Una narración que simula estar desnuda pero que no enseña nada susceptible de alterar o alarmar al lector.

Un canto a los grandes enigmas de la vida, como la adaptación a la llegada inesperada de esa gran desconocida que es la muerte.

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