LA LA Land (La ciudad de las estrellas)

LA LA Land (La ciudad de las estrellas) Damien Chazelle, 2016

Varitas mágicas

Durante meses, en uno de los variopintos trabajos que he desempeñado a lo largo de mi carrera profesional, coincidí con un compañero que tenía especial predilección por hablarme de “conspiranoias” de lo más sugerente. Borja sostenía (entre otras muchas) la teoría de que Hollywood existe para mantener hipnotizada, adormilada o idiotizada a la gente con casi todas sus películas. Tal vez dijera que todas, no lo recuerdo.

─Piensa en el propio nombre, “Holly-Wood”: la “madera sagrada” y ¿por qué no el “palito mágico” o la “varita mágica”?.

Entre charla y charla, también vendíamos libros, no se vayan a pensar pero, el caso es que a pesar de lo extremo y bizarro de su pensamiento, creo que a Borja no le faltaba razón del todo. Después de ver por fin LA LA Land, lo tengo un poco más claro.

Mia la actriz y Sebastian el músico, aspirantes a exitosos artistas que persiguen sus sueños, luchan, se frustran, tiran la toalla, se caen, se levantan y hasta se enamoran. Tienen tiempo para todo y son tan guapos que una servidora olvida que lo que quiere es la paz en el mundo, para centrarse en el flequillo de Ryan Gosling.

Y no se siente culpable por ello, no, al contrario: lo disfruta.

Hasta ahí, LA LA Land es maravillosa y perfecta; hace que recuerdes por qué amas el cine y te mete dentro de un bucle de colores, músicas y sonrisas que te obligan a querer más de lo mismo durante más tiempo.

Sin embargo, hay algo en ella que a mí me ha roto el hechizo. La varita ha debido de romperse en cuanto me he fijado en que ni Stone ni Gosling son bailarines profesionales, aunque lo parezcan. Una vez fuera, he visto la tramoya y desde Drácula de Bram Stoker no recuerdo una película tan falsa (con la salvedad de que aquella lo era a propósito y molaba).

El musical, creo que debería ser siempre inverosímil y posible y no a la inversa. Stanley Donen hacía películas en las que maravillosos profesionales del movimiento, saltaban con maestría del diálogo a la danza y viceversa. Nada chirriaba y todo estaba ajustado al milímetro de la perfección escénica para cantar bajo la lluvia, pasar un día en Nueva York o tener una cara con ángel. Hipnotizados y felices, desconectados del mundo durante el tiempo que duraba la proyección de cualquiera de ellas. Así las disfrutamos.

Entonces ¿qué sucede en esta historia? Que “algo” dentro de esa magia inverosímil pero posible, pretende hacerse creíble, realista… y no. A mí eso no me funciona.

O tal vez sea sólo que “ya no hay actores como los de antes”, o que hay más intérpretes y menos bailarines y cantantes, o que los que hay y son redondos en todo no tienen el tirón comercial de Emma Stone o de Ryan Gosling.

Quién sabe: yo quiero mi varita. Reclamo mis dos horas de “idiotizamiento”.

Teniendo en cuenta que tampoco me funcionó la última de Woody Allen y todavía estoy comiendo rencor y hostilidades por ello, no diré más, aunque creo que se parecen.

Eso será parte de la conspiranoia.

2 comentarios sobre “LA LA Land (La ciudad de las estrellas)

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