L’Avenir (El porvenir)

L’Avenir. Mia Hansen-Løve. 2016

La certeza

Puede sonar aterrador que el momento en el que uno se da cuenta de que no hay nada que realmente “permanezca”, sea el momento en el que encuentra la supuesta felicidad.

La última película de Mia Hansen Løve, parece que vaya por ahí. Para empezar, coloca a Isabelle Huppert como protagonista y todos sabemos: sea cual fuere la excusa argumental de la historia en la que nos la cuelen, que si ella aparece, hay mal rollo. Además, comienza con la tumba de un escritor seguida de una elipsis temporal de unos veinte años. Inquietante todo.

Pues no: El porvenir es pura celebración de la vida, de la real, la que no se puede predecir.

El porvenir plantea la manera que tiene de resolverse una entregada profesora de filosofía, cuando la vida comienza a darle limones. No es la historia de una luchadora, ni de una heroína; tampoco la de una generosa proveedora de buenos consejos a personajes más jóvenes y en apuro existencial. No. El porvenir es diferente (como también lo era EDEN, música, foto y detalles mediantes) se aleja de lo que ya hemos visto, porque parte del desconcierto, de la más absoluta incertidumbre que es base de la vida misma.

Creemos que sabemos mucho más de lo que realmente conocemos, de lo que va a suceder, siempre. Cuando se cumplen años y se cumplen expectativas o fracasos con ellos, nos vamos acomodando en una falsa clarividencia de nosotros mismos… y qué equivocados estamos.

Pocas cosas molestan más, que un amigo que te diga que “fluyas” con lo que te pasa, o que “no pienses tanto las cosas”. Yo detesto esa actitud condescendiente del vecino, la del que subido en su “silla de opinar” te da lecciones de cómo debes vivir más despreocupadamente. Como si esa fuera la clave de todo. Como si la indolencia fuera la llave que abre la puerta de la paz mental. Ya.

Así que El porvenir, y el personaje de esa madura profesora que ya ha pasado por lo que sus alumnos creen estar descubriendo, cuenta que hay que planteárselo todo, absolutamente todo en la vida y no dejar de hacerlo nunca. Porque todo cambia, porque nada permanece y porque es más importante asistir a clase y aprender a pensar (sí: pensar las cosas incluso demasiado) que manifestarse por injusticias que están a años luz de afectar a nuestro tiempo presente.

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