Todas las canciones hablan de mí

Todas las canciones hablan de mí. Jonás G. Trueba; 2010

Lo que dura un verano

Hay veranos que duran unos meses, unas semanas incluso. Otros duran años, ocupan vidas enteras y parece que les cueste terminar. Todas las canciones hablan de mí habla del verano de Ramiro y de Andrea, filólogo él y arquitecta ella, que se quieren y se aprenden durante un verano de unos aproximadamente seis años, luego se separan y ahí comienza la historia.

Jonás Trueba dirige esta película, escrita junto a Daniel Rodríguez Gascón, con mucho cariño por la experiencia cinematográfica en sí, se nota, porque huele y sabe a nouvelle vague y a cinematógrafos bressonianos, algo que no le hace ningún mal y que por el contrario: la convierte en algo grande y también en algo hermoso.

Hablar de amor siempre es sugerente para un escritor, imagino que también para un cineasta. Lo mismo le sucede al desamor, ese gran motivo, acumulador de creatividad que estalla y golpea con fuerza en historias que no siempre son buenas, pero para las que se pone mucho empeño y no poco esfuerzo. Todas las canciones hablan de mí, además, está muy bien. Me gusta mucho.

Citas bien escogidas, que han sido leídas y digeridas, que se comparten con el espectador para que participe de esos cuadernos en donde normalmente se copian para que ahí se queden. Aquí las citas se acompañan de planos fugaces de las cubiertas de los libros de donde han salido y de recorridos por estanterías repletas de otros tantos volúmenes. El rostro de Bárbara Lennie -lo sabemos, es que es muy guapa- da paso a planos generales del Madrid del “viaducto de los suicidas”, de la ciudad Universitaria de Filosofías y de Letras. Así es como la película va transcurriendo para el espectador y lo que se posa ante sus ojos no pasa de largo, se queda y se escucha, con el mismo cariño que parece que hubo en su creación.

Cariño por Madrid y por sus calles, por los bares de paredes alicatadas y tapas de patatas bravas, por Ópera -con o sin prima- por cafés en donde hay mesas de mármol diminutas, arrimadas a ventanas con tanta luz que parece que la cerveza de los vasos tenga un color especial. Lógico: es que ahí se sientan los artistas y escriben cosas. Gente especial que escribe cosas especiales y que cuando se enamora consigue que sus veranos duren para siempre.

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