Black Swan

Black Swan. Darren Aronofsky, 2010

Terroríficamente perfecta

La verdad (verdad de la buena)es que esta película corre el riesgo de sobrevalorarse. Independientemente de lo maravillosa que pueda estar su protagonista, candidata por antonomasia al Premio de la Academia de Hollywood de este año, va a haber muchos que se pasen en elogios durante el tiempo que dure en cartel.

Ver Black Swan es como acercarse cámara en mano a la mente de una chica con graves trastornos psicológicos y carencias afectivas, que a los 27 años todavía no ha madurado ni sabe siquiera en qué consiste semejante cosa(“Repulsion en zapatillas de puntas” se ha leído por ahí) pero Nina Sayers, además de estar perturbada, es una gran bailarina y como tal, existe en tanto que sufre un constante conflicto consigo misma.

Pocas veces se le da una oportunidad al mundo del ballet, dentro de mundo del cine y menos aún al espacio del bailarín y su compleja personalidad. No es sencillo tratar el asunto, porque hay que conocerlo y para conocerlo, hay que pertenecer a él. Sin embargo, como por arte de magia u obra de algún espíritu santo Darren Aronofsky ha agarrado la idea con las dos manos, se ha aferrado a sus posibilidades y ha pedido la colaboración de profesionales habituados a más elevados presupuestos, para que den forma a una película que (re)trate justamente eso y nada más: los peligros de la danza, los miedos de una bailarina y la pasión superior a cualquier cosa de aquel que baila por el baile mismo.

Hasta la fecha había sido Herbert Ross quien conectara más precisamente con el universo de las bailarinas y sus retos sadomasoquistas al aspirar a solistas en una Compañía. Ni Fame, ni The Chorus Line ni siquiera White Nights consiguieron contar al espectador verdades como las lanzadas por The Turning Point, tan capaz de entretener tanto a públicos no versados en temas de danza como a expertos profesionales, que aunque hayan pasado más de treinta años desde su estreno, sigue haciéndolo con el mismo resultado.

La llegada del pequeño inglesito que brincaba por los tejados del norte de Gran Bretaña para desesperación de su padre, marcó un punto y aparte en lo que al tratamiento del ballet en la gran pantalla se trataba y a pesar de su ñoñería, Billy Elliot logró un éxito poco o nada reñido con su calidad cinematográfica. El ballet se puso de moda y que los niños bailaran también (al menos en España, Víctor Ullate hizo el resto).

En el 2003, Robert Altman hizo sus pinitos con el asunto, pero con peor fortuna: The Company contaba una historia que no resultaba entretenida, ni siquiera para quienes podían entender la profesión con la que se ganaban la vida sus personajes: el exceso de números coreográficos (de gusto discutible) y un argumento flojo y sin gracia, desmerecía los esfuerzos que habían llevado a Neve Campbell a atarse de nuevo las zapatillas de puntas. Conste que quien esto firma, disfrutó igualmente con su proyección… cuestiones personales.

Y entonces llegó Darren Aronofsky e hizo lo que hizo, como lo hizo y con quien lo hizo. No podría convencer más haciéndolo de otro modo: la película pretende dar miedo y lo logra, aunque quizás no en la misma medida para todos los públicos que decidan verla.

Bailar, como ya se ha mencionado en anteriores entradas a este blog, es un sacrificio y una pasión: el artista, el bailarín, persigue la perfección con su cuerpo y consagra su vida a la búsqueda de un imposible. Nada más importa, todo lo que no sea ballet es irrelevante, inexistente, prescindible…o desconcido. Aquí precisamente es donde comienzan los problemas para Nina, la solista a la que interpreta Natalie Portman I-M-P-R-E-S-I-O-N-A-N-T-E-M-E-N-T-E, en lo que ella desconoce de la vida y de lo cual necesita echar mano para bailar en el papel de Odile, el susodicho cisne negro.

Black Swan es un thriller psicológico, así está siendo clasificada allá donde ha llegado a estrenarse, pero también es un ácido documental de ficción y fantástico sobre el éxtasis trágico en que vive una bailarina de éxito profesional al borde de la locura: porque es fiel y dogmática con la sangre, el sudor y las lágrimas de quien se sube a unas zapatillas de puntas, porque la cámara persigue a la protagonista y ejecuta con ella los ejercicios de barra y de centro, los portés y las piruetas y porque introduce elementos fantásticos tan visualmente espectaculares como la famosa dilatación de pupilas de Requiem for a Dream.

A lo mejor resulta que Nina no está loca, pero baila demasiado bien, casi perfectamente, algo imposible, algo terrorífico.

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