La mala costumbre

La mala costumbre. Alana S. Portero. Barcelona: Seix Barral, 2023

La otra mitología

Después de ver la última película de Steven Spielberg, sobre todo si vives en Madrid y el calor te propina un solemne bofetón nada más cruzar la puerta de salida del cine, te das cuenta de que la realidad es otra. Disclosure Day anima a vivir en empatía con el otro, a ponernos en pieles ajenas que están mucho más ligadas a las nuestras de lo que queremos y creemos. Los extraterrestres se dibujan como tiernos aliados a los que descubrir, conocer y aprender con respeto, injustamente maltratados por la egolatría humana.

Ayer fui al cine y hoy he terminado La mala costumbre sintiendo algo muy similar con ambas experiencias, aunque con la película me lo he pasado bastante mejor.

Alana S. Portero (Madrid, 1978) escribe sobre un mundo conocido pero transformado y disfrazado de mitología clásica: ella trepa hasta el Parnaso y deja que sus vecinas le dicten, como musas, historias del barrio de San Blas con ecos de tragedia que es real pero se pinta mágica. En La mala costumbre una niña narra su vida, recorre paso a paso las etapas que la convierten en la heroína que merece llegar a ser y a su lado, sortea personajes grotescos, fantásticos, crueles y cautivadores que confieren al universo de la historia una tonalidad de purpurina ante la que sólo podemos maravillarnos como lectores, observar y suspirar. Puro espectáculo.

La tristeza que sobreviene con cada episodio incierto de la protagonista de La mala costumbre sería menos dolorosa si, en la vida, todos fuéramos más empáticos y más respetuosos ante el otro, si no nos empeñáramos en pertenecer a esa masa informe que aplaude la igualdad y la falta de diversidad.

A los más jóvenes, afortunadamente, todo esto les suena a pasado rancio y caduco y una novela como La mala costumbre se recibe como retrato de una época oscura de una España que ya no es así, o no del todo. Porque las cosas están cambiando, pero la sociedad sigue cojeando del mismo pie y demasiadas masculinidades siguen intoxicando el aire.

Ojalá que todo fuera de otra forma y que otras formas no tuvieran que disfrazarse de mitología para despertar la conexión humana, la empatía.

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