Giselle

Giselle. Actuación nº 601 interpretada por el Royal Ballet y la Royal Opera House. Londres, 8/11/2021

De entre los vivos

A los nueve años, puede que quizás un poco antes, no lo recuerdo, fui a ver Giselle al teatro Bretón de los Herreros de Logroño. Lo representaba una compañía que también he olvidado, tal vez fuera una rusa, probablemente extranjera en cualquier caso. Mi madre y mi profesora me llevaron a la que fue una de las primeras actuaciones a las que asistía en mi vida. Había visto más, sobre todo en vídeo antes de disponer siquiera de reproductor en casa, gracias a algún espacio cultural que organizaba ciclos y visionados, a veces, también dedicados al ballet pero pocas antes había visto una representación en un teatro «de verdad».

En aquella época, mucho antes de la existencia de internet y la inmediata posibilidad de disponer de todo tipo de contenido a golpe de clic, la idea de prepararse para llevar a su hija a ver un ballet a mi madre se le antojaba semejante a la de Indiana Jones en busca del Arca perdida. Mucho mejor que llegar al teatro y leer el programa de mano antes del inicio del espectáculo, como hubiera sido natural, mi madre decidió rebuscar entre los fondos más remotos de la biblioteca casera y traducir, Collins en mano, una a una las páginas dedicadas a Giselle de un libro sobre ballet publicado en lengua inglesa que por motivos que desconozco estaba en mi casa (y sigue estando).

Hilarión quiere a Giselle y Giselle quiere a Albrecht pero Albrecht está prometido con una noble y no se lo dice a la joven que, ignorante de su suerte, baila y baila para disgusto de su madre que no soporta imaginar que la frágil salud de su niña le pueda jugar una mala pasada y que muera en una de sus danzas.

Si Giselle muere, advierte, se convertirá en Willi, espíritu de la noche que como parte de un auténtico ejército espectral coordinado por la reina Myrtha asesina a todo hombre que se encuentre a su paso haciéndolo bailar hasta el agotamiento.

Mi profesora me pasaba unos pequeños prismáticos para que viera mejor las caras, los brazos y los pies de los bailarines y yo miraba, escuchaba y entendía que aquello era la historia que mi madre me había contado hacía unas horas.

Sigo fascinada con el argumento y el lunes, además, pude verlo en una representación que ya es Historia.

Puede que veinte veces completas y he perdido la cuenta de las veces fragmentadas. Giselle es uno de los ballets que en más ocasiones he visto a lo largo de mi vida. He bailado alguna de sus variaciones como parte de los exámenes en el conservatorio (que suspendí, por cierto) y el pasado lunes, sin embargo, vi algo completamente nuevo: vi algo que era perfecto.

Marianela Núñez, (San Martín, Argentina, 1982) es una virtuosa. Marianela respira la danza e interpreta el personaje de Giselle con el máximo cuidado y respeto por cada uno de los detalles creados originalmente por Marius Petipa y Théophile Gautier sobre el original de Jean Coralli y Henrich Heine, matizados hoy por Peter Wright: la fragilidad de la viva y la frialdad implacable de la muerta, el amor como fuente vital y como energía que trasciende más allá de la muerte.

Llevé mis prismáticos y no perdí detalle de los brazos, el rostro y los pies de Marianela y tampoco de las batteries de medio metro por encima del nivel del escenario de Vadim Muntagirov (Cheliábinsk, Rusia, 1990). Las extremidades largas y ligeras de él coordinan como lazos con el cuerpo y el movimiento de ella. El primer acto es pureza e inocencia, la alegría de una campesina enamorada y la ilusión de bailar con su pareja en mitad de la fiesta de la vendimia; el final del primer acto se precipita con la escena de la locura de Giselle en cuanto se descubre la traición de Albrecht. Marianela se desata en gestos y movimientos que podrían parecer improvisados pero que ella mide al milímetro. Lo sabemos. Los hemos visto antes: hoy sí existe internet y se pueden ver los ensayos de la Compañía una vez y después otra. En uno de esos ensayos emitidos por Youtube la directora artística del Royal Ballet; Monica Mason, se dirige a Marianela para felicitarla por su trabajo «estás volando», le dice, cuando ella se mete en la piel del espíritu malvado de Myrtha y recorre el escenario ejecutando bourrées perfectos como si las alas de gasa de su traje fueran reales, como si efectivamente pudiera despegarse del suelo y romper a volar gracias a ellas.

Pero no, si Marianela vuela es porque dedica su vida a trabajar el cuerpo y el sentido del ritmo hasta alcanzar la auténtica perfección que, estoy segura, ella no reconoce en sí misma pero que a los que la vemos nos deja atónitos. Si interpreta a Giselle así es gracias a un esfuerzo y un entrenamiento equivalentes a los de una atleta de alto rendimiento.

Al salir del teatro, después de cuarenta minutos esperando bajo la lluvia me acerqué para hacerme una foto con ella. No le dije que treinta años atrás mi madre había traducido para mí la historia que ella acababa de interpretar, ni que con unos prismáticos iguales que los que tenía mi profesora, efectivamente, había podido apreciar sus gestos y técnica pulida. No, me acerqué y le dije: «Marianela, vuelas».

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