Cleo de 5 a 7

Cleo de 5 a 7. Agnès Varda, 1962

Papillon

Qué hermosa coincidencia, descubrir que alguien cercano, una amiga breve que está lejos y con quien te has maravillado en una sala de cine viendo el trabajo de Agnès Varda, ha visto la misma película de tú a unos 6.000 km de distancia y con menos de 24 horas de diferencia, por casualidad. Otra película de Agnès. Otro continente. Sensaciones similares.

Cleo, que en realidad se llama Florence, sufre por conocer los resultados de un análisis médico que determine si está o no enferma de un cáncer incurable. Pasarán dos horas ficticias, 90 minutos de metraje real y la veremos pasear para no pensar, observarse en varios espejos y buscar una ayuda que jamás llega en la empatía de sus amigos, colegas, amantes y desconocidos.

Porque nadie se pone en su piel: ella, tan bonita, tan perfecta.

Cleo es cantante y en un momento dado de la cinta ensaya una pieza con sus dos músicos y acaba llorando; esa secuencia dura un poco más de lo que nos acaba de anunciar el letrero (sí, cada fragmento está precedido de título en sobreimpresión que presenta a Cleo de 17:00 a 17:15 o a Cleo de 17:15 a 17:18 y así, sucesivamente hasta el final) y es reveladora porque nadie la cree a ella que es preciosa, que es dulce y rubia como un mazapán.

Será un desconocido, ni un sombrero nuevo, ni un café con su agente, ni los mimos de plástico de su amante (José Luis de Vilallonga, quien no sólo seducía a Holly Golightly, demostrando aquí una amplitud de registros inabarcable) ni su amiga modelo ni el visionado de un cortometraje en el que participan Anna Karina y Jean-Luc Godard con gafas a lo JR los que le harán interrumpir su miedo a la muerte.

Será un soldado a punto de partir de servicio a Argelia.

Entonces Florence, que ya no es Cleo nunca más, se descubre feliz y destierra de su lado la superstición y los malos augurios que tanto le afectaban al inicio de la historia. Si ahora está en calma no es por la seguridad en su atractivo físico (“mientras soy bella estoy diez veces más viva que las demás” decía al comienzo) es por saberse viva aquí y ahora.

Porque “nada es feo al principio” y no tiene por qué serlo al final.

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