Kafka en la orilla

Kafka en la orilla. Haruki Murakami. Trad. Lourdes Porta. Barcelona; Tusquets; 2006.

En busca de uno mismo

Kafka Tamura busca la manera de hacerse mayor, con tan sólo quince años. El periplo de conocimiento personal a que el protagonista de esta novela se ve sometido, se acompaña de metáforas, imágenes y símbolos variados de significación más o menos compleja.

Murakami escoge una vez más a un personaje adolescente para hablar de sentimientos y sensaciones sin límite de edad: la pertenencia a un territorio, un amor, una familia… el descubrimiento y conservación de la amistad, el sentido de la existencia, etc. son algunas de las batallas a las que se enfrenta Tamura, desdoblado en un alter ego llamado “cuervo”: el muchacho en quien se observa y para el cual justifica cada uno de los pasos que lo desplazan hacia la vida adulta.

Paralelamente al joven, la novela nos acerca a las disparatadas vivencias de Nakata y Hoshino, quienes sin pretender serlo, pero no pudiendo evitarlo, se someten a un proceso únicamente comparable al de la “Sanchificación de Don Quijote” y la “Quijotización de Sancho”: dos almas que a priori nada tienen en común, una de ellas tarada desde la infancia por culpa de un accidente semi-paranormal en la escuela, y la otra impulsada por el carpe diem más convencional (“vive peligrosamente”) quienes sin embargo, una vez encontradas no se separan hasta haber alcanzado el contagio mutuo que les lleve a la consecución de la tarea central de la historia: abrir la entrada moviendo la piedra.

Junto a ellos, el lenguaje secreto de los gatos, cuyo sentido del humor confiere al conjunto de la obra un enfoque paradójicamente humano y paródico (cada uno de los felinos que intervienen responde a un estereotipo de la naturaleza humana en general).

Kafka Tamura en la orilla del mar o “al borde del mundo”, tal y como expresa uno de los personajes hacia el final de la novela, traza su existencia buscando la pieza que le falta a su concepción edípica de la familia, para concluir que lo único que no sobra en la concepción de la vida de cualquier persona no es un personaje añadido al mito de Edipo, sino uno mismo reconociendo en cada uno de los que ha escogido para que le rodeen, al reflejo de su propia personalidad.

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