Niños muertos

Niños muertos. Martin Amis; trad. Marta Heras; Barcelona; Anagrama; 2011.

Una balsa de aceite hirviendo

Por mucho que queramos, dilucidar si sabemos afrontar o no la cuestión de la violencia cuando ésta irrumpe en el espacio de lo cotidiano, sigue siendo zona desconocida. Nos da miedo reconocer que no sabemos agarrar el asunto, aceptar que hay un conflicto y enfrentarlo: se teme a la llegada de lo que no se espera, y pocas veces se espera que cosas trágicas lleguen a nuestra vida.

Anagrama reedita este año Niños muertos (Dead Babies, 1975) en formato compacto de bolsillo y con la misma acidez que la hizo famosa en sus inicios. Amis persigue el ardor estomacal de sus lectores contando una historia sobre juventudes autodestructivas, malvadas y vacías de sensatez, violentas hasta la extenuación y estúpidas, completamente estúpidas. El estilo de narración en que una voz omnisciente presenta a sus protagonistas como lo haría el maestro de ceremonias de The Rocky Horror Picture Show ayuda al lector a visualizar la escena como si de una película se tratara, y no está mal que así sea. Una apostaría a que el motivo fundamental del libro no es provocar a su público mareos ni rechazos en masa, sino más bien miedito.

Decía el ilustre González Requena que es precisamente esa economía psicótica la que pretendemos tematizar (…) pues se manifiesta (…) a través de lo que falta, de lo que no se escribe, de lo que no parece encontrar lugar en esos que son los textos dominantes de nuestra contemporaneidad. En su texto para el segundo ejemplar de la revista Trama & Fondo, el catedrático de la UCM hablaba de aquellos universos siniestramente desintegrados que proponen el cine, la literatura y la televisión de nuestros días así como de la simbología que rodea a todo lo que tiene que ver con el contenido de tipo sexual que se muestra en los medios.

A día de hoy, una novela como Niños muertos sirve de ejemplo a este tipo de manifestaciones, porque sus protagonistas existen y se descomponen a un ritmo tan frenético que cansa conocer su historia, avergüenza reconocer en su conducta algún aspecto relacionado con nosotros y sin embargo, puede que por eso mismo hayan sido creados en la imaginación de su autor. El mero hecho de existir como personajes les concede una entidad propia como monstruos perversos, una identidad ficticia pero tan mentalmente consistente, que es casi casi real. Entonces tal vez diría Requena que es el momento de que nuestro universo se desmorone y lo siniestro salga a la superficie, flotando con toda lógica en las aguas turbulentas que son el espacio de lo cotidiano.

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